El existencialismo es una de las corrientes filosóficas más influyentes del siglo XX, y Jean-Paul Sartre, en su obra El existencialismo es un humanismo (1946), ofrece una de sus exposiciones más claras y polémicas. Antes de entrar en materia, conviene subrayar que esta postura no pretende ser una verdad absoluta ni una invitación a renunciar a creencias religiosas. De hecho, el propio Sartre distingue entre existencialistas cristianos —como Gabriel Marcel— y existencialistas ateos, entre los cuales él mismo se inscribe. Ambas vertientes coinciden en un principio esencial: la existencia precede a la esencia.
Existencia antes que esencia
Sartre explica esta fórmula con un ejemplo sencillo: pensemos en un objeto fabricado, como un libro o un cortapapel. Antes de que exista físicamente, ya estaba concebido en la mente del artesano. Su forma, su función y su utilidad han sido definidas de antemano. En este caso, la esencia precede a la existencia, pues el concepto existe antes que el objeto.
Por siglos, gran parte de la tradición religiosa pensó al ser humano de manera similar: como una creación de Dios que, al igual que el libro en manos del artesano, había sido concebida con un propósito específico. “El hombre es la realización de un concepto divino en el entendimiento de Dios” (Sartre, 1946). En esta mirada, el ser humano ya posee una naturaleza establecida.
El existencialismo ateo rompe radicalmente con esta visión. Si Dios no existe, entonces al menos hay un ser cuya existencia precede a cualquier esencia: el hombre. Esto significa que el ser humano aparece primero en el mundo, sin plan ni naturaleza prefijada, y solo después, a través de sus actos y decisiones, se define.
El hombre como proyecto
Decir que la existencia precede a la esencia equivale a afirmar que no hay naturaleza humana universal. El ser humano no es una pieza ya diseñada, sino un proyecto abierto, un constante hacerse. Sartre lo explica de forma tajante:
“El hombre no es otra cosa que lo que él se hace” (El existencialismo es un humanismo).
Este “nada” inicial del que parte no es vacío absoluto, sino apertura y posibilidad. El hombre es, en palabras de Sartre, un “ser-para-sí”, es decir, una conciencia que se proyecta hacia el futuro, que se construye a sí misma en el tiempo.
De esta manera, el hombre es autor de su propia historia. No hay una esencia que lo encadene: es el resultado de lo que decide hacer de sí. En este sentido, el existencialismo puede ser visto no solo como una teoría filosófica, sino como un llamado a la responsabilidad de vivir auténticamente.
Libertad y responsabilidad
El principio sartreano conduce a una consecuencia inevitable: si no hay naturaleza humana preestablecida, entonces el hombre es absolutamente libre. Pero esta libertad no es ligera ni cómoda; más bien, se convierte en una carga. Sartre lo describe con una frase célebre:
“El hombre está condenado a ser libre”.
Condenado, porque no se ha creado a sí mismo ni puede evitar existir; libre, porque una vez en el mundo, cada elección que realice será completamente suya.
Esa libertad radical implica también una responsabilidad radical. Al elegir, el hombre no solo se define a sí mismo, sino que también proyecta una imagen de lo humano. “En la medida en que me elijo, elijo al hombre” (Sartre, 1946). No hay excusas válidas —ni la naturaleza, ni el destino, ni Dios— para evadir lo que somos. Somos responsables de cada acto que nos constituye.
La angustia existencial
Esa responsabilidad provoca lo que Sartre llama angustia: la experiencia de sentir que nuestras elecciones no solo nos comprometen a nosotros, sino que comprometen a toda la humanidad. La angustia no debe confundirse con miedo paralizante, sino con la lucidez de saber que no hay nada —ni un manual divino ni una esencia fija— que nos diga cómo vivir.
La angustia, junto con la desesperación y la náusea (conceptos que Sartre desarrolla en otras obras), no son defectos de la existencia humana, sino parte de la condición misma de vivir en libertad.
Ser lo que hacemos
El existencialismo sartreano es, en el fondo, una invitación a asumir la vida con responsabilidad y autenticidad. Sin un Dios que dicte lo que debemos ser, y sin una esencia predefinida que nos limite, el ser humano está lanzado al mundo con la tarea de construirse a sí mismo.
Sartre lo resume con sencillez y radicalidad:
“El hombre no es más que la suma de sus actos”.
Esto significa que no somos otra cosa que lo que hacemos con nuestra existencia. Más allá de la angustia, la libertad que el existencialismo propone es también una oportunidad: la posibilidad de crear un sentido propio, de inventarnos a cada paso y de reconocernos como proyectos siempre inacabados.
Gracias por leerme,
— Carlos
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