Autor: Psic. Carlos Hernández

  • Respiración coherente

    Respiración coherente

    La respiración coherente es una forma de respirar que consiste en tomar respiraciones largas y lentas a un ritmo de aproximadamente cinco por minuto. La respiración coherente, o respiración profunda , ayuda a calmar el cuerpo gracias a su efecto sobre el sistema nervioso autónomo .

    Ya sea que se practique como parte del yoga o la meditación , o simplemente por sí sola como una estrategia de relajación, la respiración coherente es una forma sencilla y fácil de reducir el estrés y calmarse cuando se siente ansioso.

    ¿Cómo hacer el ejercicio?

    Si está interesado en practicar la respiración, los siguientes pasos le mostrarán cómo comenzar:

    1. Concéntrate en tu respiración natural . Cuenta la duración de cada inhalación y exhalación para obtener una línea de base.
    2. Encuentra una posición cómoda para practicar la respiración coherente . Coloca una mano sobre el abdomen.
    3. Inhala durante cuatro segundos y exhala durante cuatro segundos . Hazlo durante un minuto.
    4. Repita , pero extienda las inhalaciones y exhalaciones a cinco segundos.
    5. Repita nuevamente , extendiéndolo hasta seis segundos más.

    Durante este proceso, mantenga la mano sobre el estómago para asegurarse de respirar profundamente desde el diafragma y no superficialmente desde el pecho.

    Quizás sientas que necesitas respirar hondo o que no puedes evitar que tus pensamientos divaguen. ¡No te preocupes! Simplemente vuelve a concentrarte en tu respiración y a contar mentalmente la duración de tus respiraciones.

    Si te sientes cómodo respirando aún más tiempo, no dudes en hacerlo. Respiraciones de hasta 10 segundos pueden resultar adecuadas para algunas personas. También está bien exhalar más tiempo que inhalar.

    Una vez que puedas hacer esto durante cinco minutos, ve aumentando gradualmente hasta 20 minutos. ¡Puedes practicar en cualquier lugar! En la cama por la noche, mientras esperas en la consulta del médico o incluso conduciendo.

    No intentes forzar la respiración ni intentar tomar más aire. Esto ocurrirá de forma natural a medida que prolongues la respiración y te acostumbres a la sensación.

    ¿Cómo funciona la respiración para ralentizar el cuerpo?

    La respiración es uno de los muchos componentes del sistema nervioso autónomo (SNA), que también incluye la frecuencia cardíaca, el sistema digestivo y más.

    El papel del nervio vago

    El nervio vago se extiende desde el cerebro hasta la abertura del diafragma, que da acceso al intestino. Su función es enviar señales para ajustar los sistemas nerviosos parasimpático y simpático que forman el SNA. Esto afecta la frecuencia cardíaca, la digestión y la sensación general de calma.

    En general, el nervio vago tiene la función de desacelerar el corazón cuando se acelera para mantenerlo a un ritmo constante y resistente de 70 a 100.

    Por eso, la manera más fácil de activar el nervio vago para frenar un corazón acelerado es respirar más despacio. Es casi como un truco para el sistema nervioso: puedes hacer algo que esté bajo tu control consciente y que afecte procesos que de otro modo no podrías controlar directamente.

    Si logras que tu respiración abandone un estado de estrés, el resto de partes de tu sistema nervioso autónomo seguirán el mismo ejemplo, creando una reacción en cadena que puede ayudar a reducir el estrés, la ansiedad y los problemas relacionados.

    Sabemos que este tipo de respiración puede ser útil para el insomnio, la ansiedad, los síntomas depresivos, el estrés, la respuesta del sistema inmunológico, el estado de alerta, la concentración, la vitalidad, el trastorno de estrés postraumático y el trastorno por déficit de atención


    Por Arlin Cuncic, MA.
    Arlin Cuncic, MA, es autora de The Anxiety Workbook y fundadora del sitio web About Social Anxiety. Tiene una maestría en psicología clínica.

  • La generación que lo sostiene todo

    La generación que lo sostiene todo

    Adultos entre 25 y 45 años emocionalmente agotados

    En el centro del caos moderno hay una generación que sostiene demasiado. Adultos entre 25 y 45 años que, sin pausa ni tregua, cargan sobre sus hombros responsabilidades laborales, familiares, económicas, emocionales y sociales. Son quienes gestionan el trabajo, las deudas, las enfermedades de los padres, el bienestar de los hijos, las rupturas, las expectativas… y todo al mismo tiempo.

    Es la generación que cuida y produce, que resuelve para todos pero se posterga a sí misma. Que intenta sanar sus propias heridas mientras evita heredar nuevas a quienes ama. La que fue educada para ser fuerte, útil y ejemplar. La que tiene que estar bien… aunque no lo esté.

    El agotamiento emocional no siempre se ve

    Este cansancio del que hablamos no es simple “flojera” ni falta de resiliencia. Es un agotamiento emocional profundo, un desgaste silencioso que muchas veces no se nota a simple vista, pero se cuela en las pequeñas cosas: la falta de energía, la irritabilidad, la dificultad para disfrutar, la desconexión con uno mismo.

    Muchos de estos adultos están funcionando en “modo supervivencia”. Siguen, pero no viven. Cumplen, pero no sienten. Sostienen, pero no se permiten soltar. Y lo más duro: lo hacen con una sonrisa para no preocupar a nadie. Se han vuelto expertos en aparentar estabilidad mientras por dentro se desmoronan en silencio.

    ¿Por qué esta generación está tan agotada?

    La respuesta es multifactorial, pero hay patrones culturales que lo explican:

    • Crecieron con discursos de fortaleza emocional mal entendida: “no llores”, “tú puedes solo”, “ser vulnerable es ser débil”.
    • Fueron formados para ser productivos antes que sensibles.
    • Viven en un mundo hiperconectado pero profundamente individualista.
    • Se les exige tener éxito, estabilidad, pareja, salud mental y gratitud todo al mismo tiempo.
    • Cargan con la expectativa de sanar los errores del pasado familiar sin tener tiempo para atender sus propias necesidades.

    Esta generación es, muchas veces, la que más ha ido a terapia. La que lee sobre salud mental, la que habla de límites, autocuidado, trauma… pero no siempre puede aplicar lo que sabe, porque el ritmo de la vida la arrastra antes de poder detenerse a sentir.

    No es debilidad, es humanidad

    El problema no es estar cansado. El problema es no tener permiso de estarlo. Vivimos en una cultura que glorifica el sacrificio silencioso. Que aplaude al que “puede con todo” pero invisibiliza lo que eso le cuesta.

    Muchas personas entre 25 y 45 años no se atreven a pedir ayuda porque sienten que deberían poder solos. Porque les enseñaron que “hay gente que está peor”. Porque tienen miedo de dejar de ser funcionales. Y sin embargo, lo que más necesitan es un espacio donde ser vulnerables, donde decir “ya no puedo” sin que eso sea interpretado como fracaso.

    Desde el acompañamiento terapéutico, es urgente crear espacios donde esta generación pueda descansar emocionalmente sin culpa. Donde se sienta mirada más allá de su rol. Donde se le permita dejar de ser fuerte un rato. Donde no tenga que sostener nada.

    Nadie puede cuidar desde el abandono propio

    Una generación que lo da todo necesita aprender a pedir algo a cambio: cuidado, validación, pausa, acompañamiento. No por egoísmo, sino por sostenibilidad emocional. Porque no se trata de dejar de cuidar a los demás, sino de no desaparecer en el intento.

    Sanar no siempre es un gran despertar. A veces es simplemente reconocer que estar cansado es razón suficiente para buscar ayuda, aunque nadie más lo entienda.

    Porque quien sostiene todo también merece ser sostenido.

  • Diógenes de Sínope, el gran agitador de conciencias

    Diógenes de Sínope, el gran agitador de conciencias

    Diógenes nació en Sínope, colonia griega en la actual Turquía que, dice la leyenda, había sido fundada por Autólico, uno de los argonautas y compañero de Heracles (Hércules). En dicho enclave vio la luz Diógenes en el 412 a. C. y pronto empezó a demostrar que tenía una peculiar visión del mundo. Hijo del banquero Hicesias, padre e hijo fueron exiliados de Sínope por falsificar moneda, algo que, lejos de tomárselo como una afrenta, Diógenes defendió con orgullo.

    PorJaime Fdez-Blanco Inclán Publicado el 24 de julio de 2018

    Comienzo de una vida filosófica

    Ya fuera de su tierra natal, recayó en Atenas, donde se sintió atraído por un filósofo que también tendría el honor de pasar a la historia: Antístenes, primer discípulo de Sócrates y padre de la filosofía que conocemos como cinismo. Según las explicaciones que nos facilita el historiador Diógenes Laercio en sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres –por la que conocemos la mayoría de las historias de nuestro protagonista–, Antístenes rechazó al joven una y otra vez, pero, ante la insistencia de Diógenes, terminó claudicando y aceptándolo como discípulo. Lo que en ese momento probablemente no sabía es que sus enseñanzas acerca de una vida de austeridad extrema y alejada de las normas sociales serían llevadas por su nuevo discípulo a unos extremos inigualables. De esta manera, Diógenes terminaría siendo el cínico más famoso de la historia.

    Los cínicos valoraban la pobreza como una virtud y Diógenes quiso llevarla a su máxima expresión. No la pobreza por la pobreza, obviamente, sino como ejemplo de independencia, pues para ellos no había nada más valioso que el hombre que podía vivir solo con lo justo y necesario. Esa fue la piedra angular del pensamiento de Diógenes, y la tomó al pie de la letra. Como hogar se buscó una tinaja de barro; vistió día y noche  el mismo manto sucio y raído; caminó descalzo tanto en invierno como en verano y como equipaje no tenía más que un báculo (un bastón), un zurrón y un cuenco para comer…hasta que un día vio a un niño bebiendo directamente con las manos y tiró su cuenco, al pensar que era un lujo innecesario. Una pequeña muestra del tipo de personaje con el que nos jugamos las cartas.

    Superfluo = innecesario

    Para Diógenes no había término medio. Todo aquello que no fuera necesario era superfluo, y todo lo superfluo, por consiguiente, un lastre para alcanzar la plenitud de la vida. Aquello que no era para él una necesidad vital acababa abandonado o erradicado (en el caso de que fuera algo no material, como los sentimientos). Su objetivo era bien claro: deshacerse de todo deseo que degenerara en dependencia. Pero la gracia está en que esa disciplina feroz consigo mismo no acababa en su propia persona, sino que desarrolló la voluntad de señalar esas faltas también en los demás, y eso es lo que lo convirtió en uno de los personajes más fascinantes, revolucionarios e irónicos de la antigua Grecia.

    Diógenes veía en el mundo de su época un verdadero problema moral, pues la gente, en lugar de forjarse a sí misma y valorar su opinión propia respecto al bien y el mal, prefería actuar en función de qué era lo que los demás opinaban y cómo esas opiniones de terceros podían afectarles. Vivían, por así decirlo, de cara a la galería. Diógenes se pasaría el resto de su vida demostrándoles por qué eso era una estupidez.

    Una historia llena de historias

    Las anécdotas de Diógenes no tienen parangón en el mundo de la filosofía. El único rival digno es el otro discípulo de Sócrates, Aristipo (padre de la hedonista filosofía cirenaica), y esto es así porque ciertas historias se cuentan tanto desde el punto de vista de uno como del otro.

    Una de las costumbres que tenía Diógenes y que molestaban sobremanera a la sociedad griega de su época era su manía de masturbarse en público. Tal cual. Un día, mientras lo hacía en mitad del ágora rodeado de gente, unos hombres le recriminaron su actitud, a lo que él respondió sin reparo alguno: “¡Ojalá pudiera matar también el hambre frotándome el vientre!”. Diógenes no veía nada malo en su actitud. Más aún, se enorgullecía de no necesitar a nadie para calmar sus ansias sexuales. Era el campeón de la autarquía.

    Provocador nato

    En otra ocasión, alguien tuvo el detalle de dejarle un candil junto a su tinaja por la noche, para que pudiera ver en la oscuridad. Pero dicho personaje sabía poco de Diógenes, quien no tenía ningún interés en tener un solo trasto más de los necesarios, de manera que empezó a usarlo como instrumento de provocación. Le dio por pasearse por las calles de Atenas candil en mano gritando que buscaba a un hombre “justo”, y en su ansia por incomodar, un día tomó la decisión de ponerse a buscar un hombre así en el teatro… intentando entrar cuando todos salían. Ante los reproches y las dudas que despertaba su manera de actuar, respondió: “Así sentirán en su propia piel lo que es vivir de la manera que yo lo hago”. Siempre a contracorriente.

    Este “Sócrates delirante”, como lo llamaba Platón, se encontró un día con el ya citado Aristipo (de hecho, esta historia se cuenta también al revés, desde el punto de vista del hedonista), mientras Diógenes comía un plato de gachas. Aristipo, que tenía por costumbre lisonjear y vivir a costa de nobles y gobernantes, le preguntó con sorna si no sabía que solo con adular un poco a ciertos prohombres de la polis podría dejar de comer gachas. Diógenes le espetó: “Si tu comieras gachas, también podrías dejar de adular y mendigar”.

    No solo los filósofos eran el blanco de sus ácidas frases, sino también el resto de los ciudadanos. Un día fue invitado a casa de un hombre rico, que no paró de hacer referencia al lujo y la limpieza de su hogar. Ni corto ni perezoso, Diógenes le escupió un gargajo en plena cara y, como defensa, arguyó que era el único sitio sucio que había visto para hacerlo. En otra ocasión, asistió a un certamen de tiro con arco, en el que participaba un joven realmente malo que no conseguía dar nunca en la diana. Diógenes decidió que lo mejor era sentarse junto a esta, después de manifestar que le parecía que era el sitio más seguro.

    No perdía su ironía ni en los peores momentos. En cierto momento de su vida, fue hecho prisionero para ser vendido como esclavo y cuando sus captores le preguntaron qué era lo que sabía hacer, respondió: “Sé mandar. Mira a ver si alguien quiere comprar un amo”.

    Pero puede que la más genial y famosa fuera la que le dedicó nada más y nada menos que al todopoderoso Alejandro Magno. Estaba el emperador paseando por la ciudad con su séquito cuando se encontró a Diógenes, que descansaba tumbado en mitad de la calle. El emperador, conocedor de su fama y genio e intrigado por su curiosa visión de la vida, le ordenó que le pidiera aquello que más deseaba, que él lo haría realidad. La respuesta de nuestro protagonista no tuvo desperdicio: el sol. Ante el asombro de Alejandro, Diógenes le matizó su respuesta: “Apártate, me tapas el sol”. Mientras que el séquito del emperador prorrumpía en carcajadas e insultos contra el filósofo, el joven pero inteligente rey de Macedonia (quien había sido discípulo de Aristóteles) quedó sumamente impresionado por la coherencia del errabundo personaje, pues dejaría dicho para la posteridad: “Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”.

    Los últimos años de Diógenes

    Como esclavo, Diógenes terminó recayendo en la ciudad de Corinto, donde fue comprado por el noble Jeníades, el cual conocía su fama. Por ello, tomó la decisión de comprarlo para que fuera el tutor de sus hijos, dándole también la libertad. El sabio aceptó la oferta y se puso manos a la obra: obligó a los pequeños a caminar descalzos (como él), a vestir siempre la misma ropa (como él), a comer frugalmente (como él), a beber sólo agua (como él) y a raparse el pelo. Les enseñó a vivir, fundamentalmente, como auténticos cínicos. Pero no solo vigiló sus hábitos, también instruyó magníficamente sus mentes, haciéndoles aprender de memoria pasajes enteros de los más grandes sabios y poetas de la época, además de enseñarles a montar a caballo y a manejar el arco y las flechas. Y los jóvenes, pese a la rigidez de su maestro, no solo no renegaron de él, sino que le tuvieron gran cariño. La prueba es que nunca abandonó su hogar, muriendo en la ciudad de Corinto en el 323 a. C. con nada menos que 89 años. Dedicó toda su vida al autocontrol y nadie puede negar que lo consiguió, a fin de cuentas, como él decía, “todo puede conseguirse con esfuerzo, incluso la virtud”.

    Un síndrome que no es el suyo

    Llama la atención que hoy, cuando se habla del desorden psicológico conocido como ”síndrome de Diógenes”, nos referimos a un trastorno que nada tiene que ver con su vida. Esta alteración de la conducta se caracteriza por la acumulación de forma compulsiva de todo tipo de materiales, especialmente basura, de manera que los que lo padecen suelen terminar viviendo en condiciones infrahumanas e insalubres por acumulación de enseres. No deja de tener guasa que le dé su nombre Diógenes de Sínope, un hombre que no es que no acumulara cosas, sino que despreciaba casi todo. Diógenes no tenía posesiones y defendía justamente lo contrario de este síndrome: despojarnos de todo aquello que fuera innecesario para poder vivir la vida del modo más libre de ataduras posible.

  • A los Pies del Maestro -J. KRISHNAMURTI (Obra completa)

    A los Pies del Maestro -J. KRISHNAMURTI (Obra completa)


     A LOS QUE LLAMAN

    Conducidme desde lo ilusorio a lo Real. 

    Conducidme de las tinieblas a la Luz. 

    Conducidme de la muerte a la Inmortalidad.


    En este Sendero se requieren cuatro cualidades:

    1. DISCERNIMIENTO 

    2. CARENCIA DE DESEOS 

    3. BUENA CONDUCTA 

    4. AMOR

    Trataré de explicaros lo que el Maestro me dijo acerca de cada una de ellas.


    1. DISCERNIMIENTO 

    1- La primera cualidad es el DISCERNIMIENTO. Se denomina así, generalmente, a la facultad de distinguir entre lo real y lo ilusorio, y la cual guía a los hombres para entrar en el Sendero. 

    2- Pero también es mucho más que esto, y debe practicarse no tan sólo en los comienzos del Sendero, sino en cada una de sus etapas, diariamente, hasta el fin.

    3- Vosotros entráis en el Sendero porque habéis aprendido que tan sólo en él pueden encontrar se las cosas dignas de ser alcanzadas.

    4- Los que no saben esto trabajan para adquirir riqueza y poder, pero esto dura a lo más una vida tan sólo y, por lo tanto, no es real. Hay bienes mayores, reales y perdurables, cuando los hayáis alcanzado, ya no desearéis jamás aquellos otros.

    5- En el mundo hay dos clases de seres: los sabios y los ignorantes. Esta sabiduría es la que nos interesa. 

    6- La religión que un hombre profese, la raza a que pertenezca, importan poco; lo realmente importante es que los hombres conozcan el plan Divino. Porque el plan de Dios es la evolución. 

    7- Una vez que el hombre realmente lo reconoce, no puede sino identificarse con sus designios y trabajar de acuerdo con él, porque es tan glorioso como bello. 

    8- Así, conociéndolo, permanece al lado de Dios, firme para el bien y resistente contra el mal, trabajando para la evolución y no por egoísmo.

    9- Si está al lado de Dios, está unido a nosotros, y no importa lo mínimo que se llame hindú o buddhista, cristiano o mahometano, ni que sea indio o inglés, chino o ruso. Los que están al lado de Dios saben por qué están aquí y cuál es su misión, y procuran cumplirla; 

    10- los demás no saben todavía lo que han de hacer, y así obran a menudo erróneamente e intentan trazarse vías que imaginan placenteras sin comprender que todos somos uno y que, por lo tanto, tan sólo lo que el Uno quiere puede ser verdaderamente agradable para todos. 

    11- Ellos van en pos de lo irreal, en vez de lo real. Hasta que aprendan a distinguir entre los dos, no se colocarán al lado de Dios, y, para aprenderlo, discernimiento es el primer paso.

    12- Pero, aun después de efectuada la elección, debéis recordar que hay muchas variedades de lo real y lo irreal, y por lo tanto debemos discernir también entre lo justo y lo injusto, lo esencial y lo accesorio, lo útil y lo inútil, lo verdadero y lo falso, lo egoísta y lo altruista.

    13- Aquellos que, deseosos de seguir al Maestro, han resuelto servir a lo justo a toda costa, no hallan dificultad en la elección entre lo justo y lo injusto. 

    14- Pero el cuerpo es distinto del hombre, y la voluntad del hombre no siempre coincide con el deseo del cuerpo. 

    15- Cuando vuestro cuerpo desee algo, deteneos a pensar si vosotros realmente lo deseáis. Porque vosotros sois Dios, y queréis únicamente lo que Dios quiere; así, debéis buscar profundamente en vosotros mismos para hallar el Dios interno y escuchar Su voz, que es vuestra voz. 

    16- No confundáis con vosotros mismos ni vuestro cuerpo físico, ni vuestro cuerpo astral, ni vuestro cuerpo mental, porque cada uno de ellos pretenderá ser el Yo, a fin de obtener lo que desea. Debéis conocerlos todos y reconoceros por su dueño.

      17- Cuando se ha de hacer un trabajo, el cuerpo físico quiere descansar, pasear, comer y beber; y el ignorante se dice a sí mismo: “Yo quiero hacer estas cosas y debo hacerlas.” Pero el sabio dice: “Lo que en mí desea no soy yo, y puede esperar.”

      18- A menudo, cuando se presenta alguna oportunidad para ayudar a alguien, el cuerpo incita a pensar: “¡Qué molestia me causa esto! Dejemos que otro lo haga.” Pero el hombre le replica a su cuerpo: “Tú no me estorbas para practicar el bien.”

    19- El cuerpo es nuestro animal, el caballo en que cabalgamos. Por lo tanto, debéis tratarlo y cuidarlo bien; no debéis fatigarlo; debéis alimentarlo tan sólo con comidas y bebidas puras, y llevarlo escrupulosamente limpio de la más leve mancha. 

    20- Porque sin un cuerpo perfectamente limpio y sano no podríais llevar a cabo el arduo trabajo de preparación, ni podríais soportar el esfuerzo incesante. Pero vosotros debéis gobernar constantemente al cuerpo, nunca el cuerpo a vosotros.

    21- El cuerpo astral tiene sus deseos a docenas; él os inclina a la cólera, a la injuria, a la envidia, a la avaricia, a codiciar los bienes ajenos, a sumiros en la depresión.

    22-  El cuerpo astral quiere todas estas cosas y muchas más, no porque desee perjudicaros, sino porque le gustan las vibraciones intensas, así como el cambio constante de ellas. Mas vosotros no necesitáis estas cosas, y por esto debéis saber distinguir entre vuestros deseos y los de vuestro cuerpo.

    23- Nuestro cuerpo mental desea pensar orgullosamente que es algo separado de lo demás; pensar dándose mucho valor a sí mismo y poco a los otros. Aun cuando lo hayáis apartado de las cosas mundanas, persiste en especular sobre sí mismo, en incitaros a pensar en vuestros propios progresos, en vez de pensar en la labor de los Maestros y en ayudar a los demás.

    24- Cuando meditéis, tratará de haceros pensar en las diferentes cosas que él desea, en vez de pensar en lo que vosotros queréis. Vosotros no sois esta mente, sino que ella está a vuestro servicio, y así también en este caso es necesario el discernimiento. 

    25- Debéis vigilar constantemente, su pena de fracaso.

    26- El Ocultismo no tiene compromiso entre lo justo y lo injusto. Debéis hacer a toda costa lo justo; debéis dejar de hacer lo injusto, sin importaros lo que el ignorante piense o diga. 

    27- Debéis estudiar profundamente las leyes ocultas de la Naturaleza, y cuando las conozcáis, ordenad vuestra vida de acuerdo con ella, empleando siempre la razón y el sentido común.

    28- Debéis saber distinguir lo importante de lo secundario. Firmes como una roca cuando de lo justo y de lo injusto se trate, dad siempre la razón a los demás en cosas de poca importancia. Porque debéis ser siempre amables y cariñosos, razonables y condescendientes; habéis de conceder siempre a los demás la misma libertad que necesitáis para vosotros mismos.

    29- Tratad de ver lo que es más meritorio que hagáis, y recordad que no debéis juzgar las cosas por su aparente grandeza. Es mucho más meritorio hacer una cosa mínima pero útil a la labor del Maestro, que otra de mayor apariencia de las que el mundo llama buenas.

    30- Debéis distinguir no tan sólo entre lo útil y lo inútil, sino entre lo más útil y lo menos útil. 

    31- Alimentar a un pobre es bueno, útil y noble; pero alimentar su alma es todavía más noble y más útil que alimentar su cuerpo. 

    32- Cualquier rico puede alimentar el cuerpo de un necesitado, pero tan sólo los sabios pueden alimentar su alma. Si sois sabios, vuestro deber es ayudar a otros en el logro de la sabiduría.

    33- No obstante, por sabios que seáis, tenéis mucho que aprender en este Sendero, y por esto también en él es preciso el discernimiento. Debéis pensar cuidadosamente lo que es mejor que aprendáis. 

    34- Todo conocimiento es útil, y llegará un día en que lo alcancéis; pero mientras tan sólo poseáis una parte, cuidad de que ésa sea la más útil.

    35- Dios es tanto Sabiduría como Amor, y cuanta más sabiduría alcancéis, mejor podréis manifestar a Dios. Estudiad, pues; más, en primer lugar, estudiad lo que os ayude a ayudar a los otros. 

    36- Estudiad pacientemente, no porque los hombres os llamen sabios, ni aun por tener la dicha de serlo, sino porque tan sólo el sabio puede ayudar sabiamente.

    37- Por mucho que deseéis ayudar, si sois ignorantes, podréis hacer más mal que bien.

    38- Debéis saber distinguir lo falso de lo verdadero; debéis aprender a ser verídicos en todas las circunstancias, en pensamiento, en palabra y en obra.

    39- Primero en pensamiento; y esto no es fácil, porque en el mundo hay muchos pensamientos falsos, muchas supersticiones tontas, y nadie que esté esclavizado por ellas puede progresar. 

    40- Así pues, no debéis sostener una idea precisamente porque otros la sostienen, ni porque se haya creído en ella durante siglos, ni porque esté escrita en algún libro que los hombres tengan por sagrado. Debéis pensar acerca de aquel asunto por vosotros mismos, y juzgar si es razonable. 

    41- Recordad que la opinión de un millar de hombres acerca de algún asunto que desconozcan no tiene ningún valor. 

    42- Los que piensan hollar el Sendero deben aprender a pensar por sí mismos, porque la superstición es uno de los mayores males del mundo, una de las ligaduras de que totalmente debéis desembarazaros.

    43- En lo tocante a los demás, vuestros pensamientos deben ser verídicos; no debéis pensar acerca de nadie lo que no sepáis. No supongáis que los demás están siempre pensando en vosotros.

    44- Si un hombre hace algo que parezca perjudicados, o dice algo que creáis que se refiere a vosotros, no penséis entonces: “Quiere ofender me.” Probablemente ni siquiera piensa en vosotros, porque cada alma tiene sus propias tribulaciones y pensamientos, que flotan principalmente alrededor de ella. 

    45- Si un hombre os habla colérico, no penséis: “Me odia, trata de herir me.” Quizá otra persona o alguna otra cosa lo han contrariado, y porque tropieza eventualmente con vosotros, descarga su cólera en vosotros. Él obra imprudentemente, porque toda clase de cólera es prueba de insensatez; pero vosotros no os debéis formar de él un juicio equivocado.

    46- Cuando seáis discípulos del Maestro, podréis poner siempre a tono la pureza de vuestros pensamientos comparándolos con los Suyos. 

    47- Porque el discípulo es uno con su Maestro, y debe procurar fundir su pensamiento con el Suyo y ver si coinciden. Si no están a tono, su pensamiento no es recto, y debe variarlo inmediatamente, porque los pensamientos del Maestro son perfectos, puesto que Él lo sabe todo. 

    48- Los que todavía no han sido aceptados por Él, no pueden hacerlo del todo; pero pueden ayudarse mucho deteniéndose a pensar a menudo: “¿Qué pensaría el Maestro en estas circunstancias?” “¿Qué haría o qué diría el Maestro acerca de esto?” Porque no debéis nunca hacer, decir o pensar lo que no podáis imaginar al Maestro haciéndo lo, diciéndolo o pensándolo.

    49- Aun al relatar habéis de ser verídicos, exactos y sin exageración.

    50- Nunca atribuyáis intenciones a otro; tan sólo su Maestro conoce sus pensamientos, y él puede estar obrando por razones de que no tenéis idea. 

    51- Si oís que dicen algo en contra de alguna persona, no lo repitáis; podría no ser verdad, y aun cuando lo fuese, es caritativo callar. Pensad bien antes de hablar, no sea que incurráis en inexactitudes.

    52- Sed verídicos en la acción; jamás pretendáis ser otro del que sois, porque toda pretensión sirve de impedimento a la pura luz de verdad que debe brillar a través de vosotros como la luz del sol brilla a través de un diáfano cristal.

    53- Debéis distinguir entre el egoísmo y el desinterés; porque el egoísmo se presenta bajo muchas formas, y cuando creáis que al fin lo habéis destruido en algunos de sus aspectos, surge en otro tan fuerte como siempre. 

    54- Pero gradualmente se irá animando tan por completo el pensamiento de ayudar a los demás, que no habrá lugar ni tiempo para pensar en vosotros mismos.

    55- También debéis distinguir en otro sentido. Aprended a reconocer a Dios en todos los seres y en todas las cosas, prescindiendo del mal que puedan presentar en la superficie. 

    56- Podéis ayudar a vuestros hermanos por medio de lo que tenéis de común con ellos, esto es, la Vida Divina. Aprended a despertarla y a vivificarla en ellos, así los salvaréis de lo falso.


    2. CARENCIA DE DESEOS

    57- Hay muchos individuos para quienes la cualidad “CARENCIA DE DESEOS” es verdaderamente difícil, porque sienten que sus deseos son ellos mismos, y que si desechan sus deseos peculiares, sus gustos y disgustos, dejará de existir su yo. 

    58- Pero esto les sucede tan sólo a quienes no han visto al Maestro. A la luz de su Santa Presencia se extinguen todos los deseos, menos el de igualarse a Él. 

    59- Sin embargo, antes que gocéis, de la felicidad de encontraros frente a frente con Él, podréis alcanzar, si queréis, la “Carencia de deseos”.

    60- El Discernimiento os ha mostrado ya que las cosas que los hombres más desean, como la riqueza y el poder, no tienen valor alguno. Cuando esto no se dice tan sólo, sino que se siente en verdad, cesa todo deseo de ellos.

    61- Así pues, todo eso es sencillo; sólo se requiere que lo comprendáis. Pero hay algunos que cesan de perseguir los bienes terrenales, con el fin de ganar el cielo o alcanzar la liberación personal del renacimiento; no debéis caer en este error. 

    62- Si habéis olvidado al yo, no podéis pensar en la hora en que este yo sea libre o qué clase de cielo tendrá. 

    63- Recordad que todo deseo egoísta ata, por elevado que sea su objeto, y en tanto no os hayáis librado de él no estaréis enteramente preparados para dedicaros a la labor del Maestro.

    64- Cuando desaparezcan todos los deseos que se refieren al yo, todavía puede existir el deseo de ver los resultados de vuestra obra. 

    65- Si ayudáis a alguien, querréis ver en cuánto lo habéis ayudado; aun tal vez queréis que aquel a quien habéis ayudado, también lo vea y os lo agradezca. Esto es todavía deseo, y, además, falta de confianza.

    66- Cuando hacéis todo el esfuerzo que podéis para ayudar, debe dar un resultado, tanto si podéis verlo como si no; si reconocéis la manera de obrar de la Ley, sabéis que esto es así. 

    67- Por esto debéis obrar rectamente por amor a lo recto, no con esperanza de recompensa; debéis trabajar por amor al trabajo, no por la esperanza de ver el resultado; debéis entregaros al servicio del mundo, porque lo amáis y no podéis dejar de entregaros a él.

    68- No deseéis poderes psíquicos; ya vendrán cuando el Maestro comprenda que debéis tenerlos. 

    69- Además, es esforzarse en adquirirlos trae consigo, muy a menudo, gran perturbación; frecuentemente, a su poseedor le descarrían los falaces espíritus de la naturaleza, o se envanece y cree que él no puede caer en error; y el tiempo y el esfuerzo que emplea para alcanzar estos poderes podría emplearlos, de cualquier otro modo, en trabajar para los demás. 

    70- Los poderes vendrán en el curso del desarrollo; deben venir; y si el Maestro ve que es útil que los tengáis antes, os enseñará a desarrollarlos sin peligro. Hasta entonces, estaréis mejor sin ellos.

    71- Además, debéis precaveros de ciertos pequeños deseos que son comunes en la vida diaria. No deséis jamás brillar o parecer superior en ningún sentido; 

    72- No habléis mucho. Es mejor hablar poco; es mejor todavía callar, hasta que estéis seguros de que lo que vais a decir es VERDADERO, BUENO y PUEDE AYUDAR A OTROS. Antes de hablar, pensad cuidadosamente si lo que vais a decir posee estas tres cualidades; si no es así, no lo digáis.

    73- Lo mejor es acostumbrarse desde el primer momento a pensar cuidadosamente antes de hablar, porque cuando alcancéis la Iniciación debéis fijaros en cada palabra, no sea que digáis lo que no debe decirse. 

    74- Mucha habladuría vulgar es insensata y vana; cuando es chismosa, es maligna. 

    75- Así, acostumbraos a escuchar, mejor que a hablar, no expongáis opiniones, a menos que os las pidan directamente. 

    76- En resumen; las cualidades son: saber oír, querer y callar; y la última es la más ardua de todas.

    77- Otro común deseo que debéis reprimir severamente es el de inmiscuiros en los asuntos de los demás. 

    78- Lo que otro haga o diga o crea, no es cosa vuestra, y debéis aprender a dejarlo completamente solo. 

    79- Él tiene perfecto derecho al pensamiento, palabra y acción libres, mientras no se meta con otro. 

    80- Así como vosotros reclamáis la libertad de hacer lo más conveniente, debéis cederle la misma libertad, y cuando la usufructúa no tenéis ningún derecho a ocuparos de él.

    81- Si pensáis que obra equivocadamente, y podéis hallar oportunidad de decirle privadamente y con la mayor delicadeza vuestra opinión, es posible que lo convenzáis; pero hay muchos casos en que, aun de esta manera, la intervención sería impropia. Nunca debéis hablar a una tercera persona acerca del asunto, porque ésta es una acción muy baja.

    82- Si veis un caso de crueldad contra un niño o un animal, vuestro deber es defenderlos. 

    83- Si estáis encargado de instruir a otra persona, es vuestro deber reprender afectuosamente sus faltas. Excepto en semejantes casos, ocupaos de vuestros propios asuntos y ejercitad la virtud del silencio.


    3. BUENA CONDUCTA 

    84- Las seis reglas de conducta que particularmente se requieren, las da el Maestro en este orden:

    1ª Dominio de la mente.

    2ª Dominio de la acción.

    3ª Tolerancia.

    4ª Alegría.

    5ª Aspiración única.

    6ª Confianza.

    ( Sé que algunas de estas cualidades se han nominado diferentemente, pero yo hago uso de los nombres que el Maestro mismo les daba al explicármelas.)

    1ª dominio de la mente. — 

    85- La cualidad “Carencia de deseos” nos demuestra que debemos dominar el cuerpo astral; esta otra significa lo mismo con relación al cuerpo mental. Ello implica dominio del temperamento, de suerte que no podáis sentir cólera o impaciencia; dominio de la mente, de modo que podáis sosegar y tranquilizar el pensamiento 

    86- y, por medio de la mente, dominio del sistema nervioso, a fin de que se excite lo menos posible. Esto último es difícil, porque cuando os preparáis para entrar en el Sendero, no podéis evitar que vuestro cuerpo se haga más sensitivo, y así los nervios son perturbados por cualquier choque o sonido, y sienten agudamente cualquier presión; mas debéis hacer lo posible por evitarlo.

    87- Mente tranquila significa también valor para arrastrar sin temor las pruebas y dificultades del Sendero; significa además firmeza para considerar serenamente cuanto os acontezca en la vida cotidiana, y evitar el incesante tedio e inquietud que dimanen de ciertos pormenores de la vida, en los que muchos malgastan la mayor parte del tiempo. 

    88- El Maestro enseña que a un hombre no le debe importar lo más mínimo cuanto provenga del exterior: tristezas, disgustos, enfermedades, pérdidas; todo esto nada debe significar para él, ni ha de permitir que perturbe la calma de su mente. 

    89- Estas cosas son resultado de pasadas acciones, y cuando sobrevengan, debéis soportarlas con calma, recordando que todo mal es transitorio, y que vuestro deber es permanecer siempre contentos y serenos. Aquello pertenece a vuestras vidas anteriores, no a ésta; no podéis alterarlo, y, así es inútil preocuparos por ello. 

    90- Pensad, mejor, lo que hacéis ahora, lo cual determinará los acontecimientos de vuestra próxima vida, pues esto podéis modificarlo.

    91- No cedáis jamás a la tristeza ni a la depresión.

    La depresión es un mal, porque contamina a otros y torna sus vidas más penosas, a lo cual no tenéis derecho alguno. Por esta razón, si alguna vez os acometen, desechadlas para siempre.

    92- Aun en otro sentido debéis dominar vuestro pensamiento; no le permitáis errar a la ventura. Fijad la atención en lo que estéis haciendo, sea lo que fuere, para que lo hagáis con toda la perfección posible; 

    93- no acostumbréis vuestra mente a la vagancia; antes bien conservad buenos pensamientos siempre en su fondo, dispuestos a surgir en el momento en que ella esté libre.

    94- Emplead todos los días el poder de vuestro pensamiento en buenos propósitos; convertíos en un poder que trabaje de acuerdo con la evolución. 

    95- Pensad cada día en alguno de quien sepáis que está triste, que sufre o que necesita ayuda, y enviadle pensamientos de amor.

    96- Apartad vuestra mente del orgullo, porque el orgullo es hijo de la ignorancia. El ignorante cree ser grande, cree que ha hecho esta o aquella gran cosa; 

    97- El sabio sabe que tan sólo Dios es grande y que sólo Él es el hacedor de todas las cosas buenas y perfectas.

    2a dominio de la acción. — 

    98- Si vuestra mente es tal como debe ser, se perturbará muy poco con vuestra acción. Recordad que para ayudar a la Humanidad, el pensamiento debe convertirse en acción.

    99- En esta labor no caben tibiezas, sino una constante actividad. Pero debéis cumplir vuestro propio deber, no el de los demás, a no ser con su permiso y con el fin de ayudarlos. 

    100- Dejad que cada cual cumpla su propio deber, a su modo peculiar; estad siempre dispuestos a ofrecer vuestro apoyo cuando sea necesario, pero nunca os entrometáis. 

    101- Porque, para algunas personas, la cosa más difícil del mundo es aprender a cumplir sus propios deberes, y precisamente esto es lo que vosotros debéis hacer.

    102- Aunque tratéis de realizar una labor más elevada, no por ello debéis olvidar vuestros deberes ordinarios, pues hasta que éstos no queden satisfechos, no estaréis en libertad para prestar otros servicios. 

    103- No os comprometáis a nuevos deberes mundanos; mas debéis cumplir perfectamente aquellos de que estéis encargados, esto es, todos aquellos deberes que reconozcáis como evidentes y razonables, no deberes imaginarios que otros traten de imponeros.

    104- Si queréis servirles a Ellos, debéis cumplir vuestros deberes ordinarios mejor y no peor que los demás; porque haciendo esto también Les servís.

    3ª tolerancia.—

    105- Debéis sentir perfecta tolerancia hacia todos y un sincero interés por las creencias de los que profesan otras religiones, tanto como por la que profesáis. Porque la religión de los otros es un sendero que conduce a lo más elevado, lo mismo que la vuestra. Para ayudar a todos, debéis comprenderlos.

    106- Mas, para alcanzar esta perfecta tolerancia, debéis libraros antes del fanatismo y de la superstición. Debéis saber que no hay ceremonias necesarias; de otro modo es consideraríais algo mejores que los que no las practican. 

    107- Sin embargo, no debéis vituperar a los que aun las necesitan. Dejadles hacer su voluntad; pero ellos no deben meterse con vosotros, que sabéis la verdad, ni deben tratar de imponeros aquello que habéis trascendido.

    108- Sed indulgentes y bondadosos en todo.

    109- Ahora que vuestros ojos están abiertos, quizás os parezcan absurdas algunas de vuestras antiguas creencias y ceremonias; tal vez lo sean en realidad. Pero, aunque ya no toméis parte en ellas, respetadlas por consideración a aquellas buenas almas para quienes todavía tienen importancia. Ellas tienen su lugar y su utilidad, como la falsilla le sirve a un niño para escribir derecho, hasta que aprende a escribir mejor y con mayor igualdad sin ella. Hubo un tiempo en que las necesitasteis, pero ya pasó aquel tiempo.

    110- Un gran instructor dijo: “Cuando yo era niño, hablaba, comprendía y pensaba como niño; pero ya hombre, di de lado las niñerías.”

    111- Quien haya olvidado su infancia y perdido la simpatía por los niños no puede enseñarles ni ayudarles. 

    112- Así, sed bondadosos, amables, tolerantes con todos los hombres sin distinción, sean buddhistas o indos, jainas o judíos, cristianos o musulmanes.

    4ª alegría.—

    113- Debéis sobrellevar alegremente vuestro karma, cualquiera que sea, aceptando como un honor que el sufrimiento caiga sobre vosotros, porque esto demuestra que los Señores del Karma os consideran dignos de ayuda. Por muy penoso que resulte, agradeced que no sea peor. 

    114- Recordad que podréis servir muy poco para la labor del Maestro, mientras vuestro mal karma no se extinga y quedéis libres. 

    115- Al ofreceros a Él, habéis pedido que se acelerase vuestro karma, y así, en una o dos vidas haréis lo que de otro modo hubierais debido hacer en cientos. Pero a fin de obtener el mejor resultado, debéis sobre llevarlo alegremente.

    116- Todavía hay otro aspecto. Debéis desechar toda idea de posesión. El Karma puede arrebataros las cosas que más queráis y hasta a las personas que más améis. Aun entonces debéis permanecer alegres, dispuestos a separaros de todo. 

    117- A menudo el Maestro necesita verter Su fuerza sobre otros por medio de Su discípulo e incondicional servidor; y si éste cayese en la depresión no podría Él realizarlo. Así, la alegría debe ser vuestra norma.

    5ª aspiración única.—

    118- El objetivo que debéis tener a la vista es realizar la obra del Maestro. No debéis jamás olvidarla, cualesquiera que sean las ocupaciones que os salgan al paso, y ninguna otra labor puede interponerse en vuestro camino, porque toda la que sea fecunda y desinteresada es labor del Maestro, y debéis ejecutar la por amor a Él. Además, debéis poner toda vuestra atención en cada parte de la misma, para que la hagáis lo más perfecta posible.

    119- El mismo Instructor dijo también: “Sea lo que fuere que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. 

    120- Pensad cómo ejecutaría una obra si supieseis que el Maestro ha de venir a verla; así debéis realizar toda labor.” 

    121- Los más conscientes sabrán mejor lo que este versículo significa. Y hay otro semejante y mucho más antiguo: “Esfuérzate tanto como puedas en cumplir cualquier cosa que se te presente.”

    122- Aspiración única significa también que nada deberá jamás desviaros, ni siquiera por un momento, del sendero en que habéis entrado. Ni tentaciones, ni placeres terrenales, ni mundanos afectos deberán nunca apartaros de él. 

    123- Porque vosotros mismos debéis identificaros con el Sendero, el cual ha de formar parte de vuestra natulareza, de tal modo que lo sigáis sin necesidad de pensar en él ni en la posibilidad de abandonarlo. Vosotros, la Mónada, lo habéis decidido; desprenderos de él equivaldría a desprenderos de vosotros mismos.

    6ª confianza.—

    124- Debéis confiar en vuestro Maestro; debéis confiar en vosotros mismos. Si ya habéis visto al Maestro, confiaréis del todo en Él a través de vidas y muertes. 

    125- Si aún no Lo habéis visto, debéis tratar de imaginároslo y confiar en Él, porque si no lo hiciéreis, no podrá Él ayudaros. Sin completa confianza no puede establecerse la perfecta corriente de amor y de poder.

    126- Debéis tener confianza en vosotros mismos. ¿Decís que os conocéis bien a vosotros mismos? Si tal creéis, no os conocéis; tan sólo conocéis la débil corteza externa que con frecuencia cae en el cieno. 

    127- Vosotros, vuestro Yo real, es una chispa del propio Fuego Divino; y como Dios, que es omnipotente, está en vosotros, nada hay que no podáis hacer si queréis. 

    128- Decíos: “Lo que hizo un hombre, otro hombre puede hacerlo. Yo soy un ser humano, más aún, soy Dios en el hombre: puedo y quiero hacerlo.” Porque vuestra voluntad debe ser cual acero templado, si queréis hallar el Sendero.


    4. AMOR

    129- El Amor es la cualidad más importante, porque cuando es bastante fuerte en un hombre, lo estimula a revestirse de todas las demás, que sin ella nunca serían suficientes. 

    130- Suele definirse el amor como un intenso deseo de unión con Dios y de liberación de la rueda de nacimientos y muertes. Pero este concepto del amor suena a egoísta e implica sólo una parte de su significado.

    131- El amor es más que deseo; es voluntad, resolución, determinación. Para producir este resultado, la resolución debe llenar vuestra naturaleza entera, hasta el punto de no dejar lugar para ningún otro sentimiento. 

    132- Es, sin duda, la voluntad de ser uno con Dios, no para escapar del sufrimiento y de la fatiga, sino a fin de que, en razón de vuestro amor profundo hacia Él, podáis obrar con Él y como Él obra… 

    133- Pues siendo Dios Amor, si queréis llegar a ser uno con Él, debéis también estar poseídos de amor y perfecto altruismo.

    134- En la vida diaria, esto significa dos cosas: primera, que procuréis cuidadosamente no causar daño a ningún ser viviente; segunda, que siempre estéis alerta por si se presenta la oportunidad de ayudar.

    135- Primero, no dañar. Hay tres pecados que causan en el mundo mayores males que todos los demás: maledicencia, crueldad y superstición, porque son pecados contra el amor. Si el hombre quiere henchir su corazón de amor divino, ha de vigilarlos y combatirlos constantemente.

    136- Veamos los efectos de la maledicencia: Principia con el mal pensamiento, y esto en sí mismo es ya un crimen. Porque en todas las personas y en todas las cosas existe el bien y el mal. A cualquiera de éstos podemos prestarle fuerza, pensando en él, y por este medio ayudar o estorbar la evolución; podemos hacer la voluntad del Logos o trabajar en contra de ella.

    137- Si pensáis mal de otro, cometéis tres iniquidades a un tiempo:

    138- 1a Llenáis el ambiente que os rodea de malos pensamientos en vez de buenos, y así aumentáis las tristezas del mundo.

    139- 2a Si en el ser en quien pensáis existe el mal que le atribuís, lo vigorizáis y alimentáis; y así, hacéis peor a vuestro hermano en vez de hacerlo mejor. Pero, si generalmente el mal no existe en él y tan sólo lo habéis imaginado, entonces vuestro maligno pensamiento tienta a vuestro hermano y lo induce a obrar mal, porque, si no es todavía perfecto, podéis convertirlo en aquello que de él habéis pensado.

    140- 3a Nutrís vuestra propia mente de malos en vez de buenos pensamientos, y así impedís vuestro propio desarrollo y os hacéis, a los ojos de quienes pueden ver, un objeto feo y repulsivo, en vez de bello y amable.

    141- No contento con hacerse todo este daño y hacérselo a su víctima, el maldiciente procura con todas sus fuerzas que los demás participen de su crimen. Les expone con vehemencia su chisme, con la esperanza de que lo crean, y entonces los convencidos cooperan con él, enviando malos pensamientos al pobre paciente. Y esto continúa día tras día, y no lo hace sólo una persona, sino miles. ¿Veis ahora cuán bajo, cuán terrible es este pecado? Procurad evitarlo en absoluto. 

    142- No habléis jamás mal de nadie; negaos a escuchar a quien os hable mal de otro, y decidle, afectuosamente: “Tal vez eso no sea verdad, y, aunque lo fuese, es mejor no hablar de ello”.

    143- En cuanto a la crueldad, ésta es de dos clases: intencionada y sin intención. La crueldad intencionada consiste en causar, de propósito, dolor a otros seres vivientes, y éste es el pecado más grave de todos: obra de diablo más bien que de hombre. Diréis que ningún hombre puede hacer una cosa semejante; pero precisamente los hombres la han hecho muy a menudo y aún la están haciendo cada día. 

    144- Los inquisidores la practicaron, y también muchas gentes religiosas en nombre de su religión; los vivisectores, así como habitualmente algunos maestros de escuela. Todas estas personas tratan de excusar su brutalidad con la costumbre; pero un crimen no deja de serlo porque muchos hombres lo cometan. 

    145- Karma no tiene en cuenta las costumbres; y el karma de la crueldad es el más terrible. En la India, al menos, no puede haber excusa para tales costumbres, porque todos conocen el deber de no acusar mal a nadie. 

    146- El destino de los crueles cae también sobre aquellos que se dedican intencionadamente a matar a las criaturas de Dios, y llaman a esto deporte. Ya sé que tales cosas no las efectuáis vosotros, y por amor de Dios hablaréis claramente contra ellas cuando la oportunidad se os presente.

    147- Pero también hay crueldad en las palabras como en los actos, y una persona que diga una palabra con intención de herir a otra es culpable de este crimen. Esto tampoco lo haréis vosotros; pero algunas veces una palabra dicha al descuido hace tanto daño como una maliciosa. 

    148- Así pues, debéis estar siempre en guardia contra la crueldad no intencionada. En general, ello procede de la irreflexión. 

    149- Hay hombres tan poseídos de la ambición y de la avaricia, que ni siquiera se dan cuenta del sufrimiento que causan a los demás pagándoles poco, o haciendo pasar hambre a su mujer e hijos 

    150- Otros, pensando tan sólo en su codicia, se preocupan poco de los cuerpos y de las almas, a quienes arruinan por satisfacerla. 

    151- Para librarse de unos cuantos minutos de molestia, un hombre deja de pagar a sus obreros el día que les corresponde, sin acordarse de las dificultades que este hecho les reporta. ¡Tanto sufrimiento se causa por descuido, por olvidar cómo una acción ha de afectar a los demás!… 

    152- Pero Karma nunca olvida, y no tiene en cuenta que los hombres olviden los hechos. Si deseáis entrar en el Sendero, debéis pensar en las consecuencias de vuestros actos, para que no seáis culpables de crueldad irreflexiva.

    153- La superstición es otro mal tremendo, que ha causado grandes y terribles crueldades. Las personas esclavas de ella menosprecian a las que saben más, y tratan de obligarlas a hacer lo que ellas hacen.

    154- Pensad en la horrorosa matanza debida a la superstición de sacrificar a los animales y al todavía más terrible prejuicio de que el hombre necesita alimentarse de carnes. 

    155- Pensad en el trato a que la superstición ha dado motivo con respecto a las clases oprimidas en nuestra amada India, y ved cómo esta mala tendencia puede engendrar una despiadada inconsideración, aun entre los que conocen el deber de fraternidad.

    156- Los hombres han cometido muchos crímenes en nombre del Dios de Amor, movidos por la pesadilla de la superstición; cuidad mucho de que no quede en vosotros ni el más leve vestigio de ella.

    157- Debéis evitar estos tres grandes delitos, porque son fatales a todo progreso, por ser pecados contra el amor. Pero no tan sólo estáis obligados a refrenaros de este modo ante el mal, sino que habéis de ser activos para el bien. 

    158- El intenso deseo de servir ha de llegar al máximo, hasta el punto de estar siempre a la mira para aplicarlo alrededor de vosotros no tan sólo a las personas, sino a los animales y a las plantas. 

    159- Debéis prestar vuestro servicio hasta en las pequeñas cosas de la vida diaria, de modo que, acostumbrándoos a ello, no podáis substraeros, cuando se presente la oportunidad de hacer cosas de mayor importancia. 

    160- Pues si deseáis llegar a ser uno con Dios, que no sea para vuestro propio beneficio, sino para convertiros en canal por donde fluya Su amor para alcanzar a vuestros semejantes.

    161- El que está en el Sendero no vive para sí mismo, sino para los demás; se olvida de él para poder servirlos. Es a manera de pluma en manos de Dios, por la que fluye Su pensamiento y tiene expresión aquí abajo, lo que no podría suceder sin ella. Es a manera de un canal de fuego viviente que derrama sobre el mundo el Divino Amor que llena su corazón.

    162- La sabiduría que os capacita para ayudar, la voluntad que dirige la sabiduría, el amor que inspira la voluntad, éstas son vuestras cualidades.

    163- Voluntad, Sabiduría y Amor son los tres aspectos del Logos; y vosotros, que deseáis alistaros para servirlo, debéis, hacer gala de ellos en el mundo.


    Quien la palabra del Maestro anhele, 

    De Sus mandatos póngase en escucha 

    Entre el fragor de la terrena lucha, 

    Y la escondida Luz atento cele.

    Sobre el inquieto y mundanal gentío, 

    Del Maestro atisbe la señal más leve,

    Y oiga el susurro que Su voz eleve

    Del mundo entre el rugiente griterío.


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  • ¿Cómo escribir mal?

    ¿Cómo escribir mal?

    Si algo he podido hacer por mi salud mental —antes de ser psicólogo y aún siéndolo— es escribir.

    Se convirtió en mi propio método de catarsis, una forma de desahogo con acceso inmediato, que sólo exige dos cosas: pensar y escribir lo que pensamos.

    Escribo este texto, informal a propósito, con una sola finalidad: exponerme ante mi audiencia, porque siento que merece esta explicación.

    Soy un mal escritor. Lo he sido toda mi vida académica.

    Y admitirlo me da paz, porque me permite romper con el perfeccionismo que tantos colegas esconden. Hay tanto que no sabemos, y tanto que presumimos saber, que el ego —esa forma de no mostrarnos débiles— se disfraza detrás de una coraza de superioridad.

    El problema con mi escritura comenzó con la auditoría de mi gran madre.

    Aunque no tiene culpa, fue consecuencia de la presión por mi “letra fea”.

    Menos mal que en este documento se entiende lo que escribo.

    Escribir mal se ha vuelto un placer: una libertad. La libertad de no sufrir por las comas, los puntos o las pausas. Estoy seguro de que mi profesora estaría avergonzada de este texto… Lo interesante es que no tengo intención alguna de cambiarlo.

    No me interesa saber si soy un buen o un pésimo escritor.

    Escribir me salvó. Me cambió la vida entera.

    A través de la escritura regulé mis emociones, hablé de mis sueños, formulé mis propias teorías, y convertí mis pensamientos en tinta sobre papel.

    Mi salud mental estuvo escrita durante años en los cuadernos, y sigue estando ahí.

    Quizá lo mejor fue no tener que mostrarle a nadie lo que escribía —ni cómo lo hacía—.

    Permitir que mi pluma fuera libre, que dijera lo que alcanzaba a traducir de mi mente al cuaderno.

    Nada de lo que escribía era una amenaza: era yo mismo pasándome a limpio, observando, analizando y tratando de darle sentido a mi desobediente redacción.

    Gracias por leerme,

    Carlos

  • La sombra: un espejo oscuro del alma -Carl Gustav Jung

    La sombra: un espejo oscuro del alma -Carl Gustav Jung

    La psicología analítica de Carl Gustav Jung introdujo conceptos fundamentales para comprender la complejidad de la mente humana. Entre ellos, pocos resultan tan inquietantes y reveladores como el de la sombra. Este arquetipo encarna todo aquello que rechazamos, reprimimos o no queremos reconocer de nosotros mismos: impulsos instintivos, deseos prohibidos, miedos, heridas y contradicciones. La sombra, sin embargo, no es únicamente un depósito de maldad o de aspectos “negativos”, sino un espacio ambivalente que también alberga potenciales creativos, recursos vitales y posibilidades de transformación.

    En palabras de Jung: “La sombra es ese ser oculto, reprimido, mayormente inferior y culpable de la personalidad cuya suma de aspectos constituye lo inconsciente personal” (Aion, 1951/1993). Reconocerla e integrarla no es tarea sencilla, pero constituye un paso esencial en el proceso de individuación, es decir, en el camino hacia la plenitud y autenticidad del ser humano.

    Este ensayo explora la naturaleza de la sombra, su manifestación en la vida individual y colectiva, los riesgos de la represión y el proceso de integración que Jung propuso.

    La naturaleza de la sombra

    La sombra surge como el reverso de la persona, esa máscara social que cada individuo construye para interactuar con el mundo y responder a las expectativas culturales. Todo lo que no encaja con esa máscara, todo aquello que consideramos inaceptable o indeseable, queda relegado al inconsciente y conforma la sombra.

    Jung la describió así: “La sombra es un problema moral que desafía a toda la personalidad del yo, pues nadie puede hacerse consciente de la sombra sin un considerable esfuerzo moral. Reconocer la sombra implica reconocer los aspectos oscuros de la personalidad como presentes y reales” (Aion, 1951/1993, p. 14).

    La sombra, por tanto, no es un simple “lado oscuro” en términos simplistas. Es el espejo de la integridad psíquica, el recordatorio de que la totalidad del ser humano incluye tanto luz como oscuridad, tanto virtud como miseria, tanto amor como violencia.

    La sombra en la vida individual

    En la vida cotidiana, la sombra se manifiesta de múltiples formas. Una de las más significativas es la proyección. Aquello que no reconocemos en nosotros mismos lo atribuimos a los demás, transformando nuestras relaciones en escenarios donde se reproducen nuestras batallas internas.

    Jung advirtió: “La inclinación a proyectar lo inconsciente es la fuente de todos los malentendidos humanos” (La práctica de la psicoterapia, 1958/1991, p. 131). Así, los conflictos interpersonales muchas veces no son más que choques de sombras proyectadas: la intolerancia, la envidia, la sospecha o el desprecio hacia otros revelan, en realidad, aquello que rechazamos en nuestro propio interior.

    Los sueños también son un espacio privilegiado para el encuentro con la sombra. Personajes oscuros, situaciones de peligro o escenas violentas suelen ser expresiones simbólicas de contenidos reprimidos que buscan entrar en la conciencia. En este sentido, la sombra es una presencia inevitable: aunque intentemos negarla, siempre encuentra caminos para manifestarse.

    La sombra colectiva

    Jung amplió el concepto más allá de lo individual, señalando que también existen sombras colectivas. Cada sociedad, cultura o grupo humano reprime ciertos aspectos que no encajan con su autoimagen y termina proyectándolos hacia otros colectivos. De ahí surgen fenómenos como el racismo, la xenofobia, la intolerancia religiosa o la violencia política.

    En Aion (1951/1993), Jung escribió: “El encuentro con la propia sombra es el encuentro con lo animal del hombre, y mientras este no reconozca y acepte esta parte, seguirá proyectándola hacia afuera, construyendo enemigos que no existen más allá de sí mismo”.

    La historia del siglo XX, marcada por guerras, genocidios y totalitarismos, confirmó para Jung la capacidad destructiva de la sombra colectiva cuando no es reconocida. En este sentido, la psicología analítica se convierte en una advertencia ética y política: negar lo oscuro no lo elimina, sino que lo multiplica en formas sociales devastadoras.

    El camino de integración: individuación

    El trabajo con la sombra no consiste en eliminarla ni en someterla por la fuerza, sino en integrarla dentro de la conciencia. Este proceso, que Jung denominó individuación, es la vía para alcanzar la totalidad psíquica.

    Jung señaló con claridad: “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad” (Psicología y alquimia, 1944/1989, p. 265). El encuentro con la sombra requiere valor, humildad y un compromiso moral: no se trata de justificar lo destructivo, sino de reconocerlo, contenerlo y transformarlo en energía creativa.

    Así, impulsos agresivos pueden convertirse en asertividad, la envidia en inspiración, el miedo en prudencia, la ira en capacidad de lucha por la justicia. La sombra, cuando se integra, deja de ser un enemigo interno para convertirse en una fuente de autenticidad y vitalidad.

    Implicaciones existenciales y éticas

    La sombra confronta al ser humano con su límite más profundo: el reconocimiento de que no somos seres enteramente buenos ni totalmente racionales. La pretensión de pureza conduce inevitablemente a la represión y, con ella, a la proyección destructiva.

    En Recuerdos, sueños, pensamientos (1962/1994), Jung confesó: “He tenido que reconocer que no soy solamente bueno, que en mí habita también el hombre malo. Y que si quiero comprender al ser humano en su totalidad, debo confrontar incluso esas regiones oscuras de mí mismo”.

    Esta afirmación encierra un desafío ético: sólo quienes se reconcilian con su sombra pueden evitar que ella gobierne en silencio sus actos. En cambio, quienes la niegan quedan atrapados en un autoengaño que perpetúa el sufrimiento personal y social.

    Conclusión

    La sombra, en la visión de Carl Gustav Jung, es mucho más que un concepto psicológico: es una metáfora viva de la condición humana. Representa la tensión entre luz y oscuridad que atraviesa toda existencia. Reconocerla es una tarea dolorosa, pero indispensable; integrarla, un desafío que abre la puerta a la verdadera madurez psíquica y espiritual.

    Jung lo expresó con contundencia: “Hacer consciente lo inconsciente es la tarea de la vida” (Recuerdos, sueños, pensamientos, 1962/1994, p. 326).

    Mirar la sombra es mirar de frente nuestro propio abismo, y en ese gesto valiente se encuentra la posibilidad de una vida más libre, más consciente y más humana.

    Gracias por leerme,
    — Carlos


    Bibliografía

    • Jung, C. G. (1944/1989). Psicología y alquimia. Obras completas, Vol. 12. Madrid: Trotta.
    • Jung, C. G. (1951/1993). Aion: Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Obras completas, Vol. 9/II. Madrid: Trotta.
    • Jung, C. G. (1954/1991). Arquetipos e inconsciente colectivo. Obras completas, Vol. 9/I. Madrid: Trotta.
    • Jung, C. G. (1958/1991). La práctica de la psicoterapia. Obras completas, Vol. 16. Madrid: Trotta.
    • Jung, C. G. (1962/1994). Recuerdos, sueños, pensamientos. Barcelona: Seix Barral.
  • La experiencia cumbre de Abraham Maslow: la plenitud humana

    La experiencia cumbre de Abraham Maslow: la plenitud humana

    Abraham Maslow, psicólogo humanista, es conocido principalmente por su jerarquía de necesidades, en la cual describió el camino del ser humano hacia la autorrealización. Sin embargo, dentro de sus aportes menos divulgados, pero profundamente significativos, se encuentra el concepto de experiencia cumbre (peak experience). Este fenómeno describe aquellos momentos de profunda plenitud, intensidad y trascendencia en los que la persona siente una conexión total consigo misma, con los demás y con el mundo.

    Más que un simple instante de felicidad, la experiencia cumbre representa una ventana hacia el sentido último de la existencia, un momento de revelación donde se toca, aunque sea de forma breve, la máxima expresión del potencial humano.

    Desarrollo

    Maslow definió la experiencia cumbre como un estado en el cual la persona trasciende la vida ordinaria y entra en un plano de unidad, totalidad y autenticidad. Él mismo la describió como “momentos de la experiencia más maravillosa, dichosa y significativa de la vida del individuo” (Maslow, 1964, p. 59).

    Estos momentos suelen estar acompañados por una sensación de asombro, gratitud y claridad. No se trata únicamente de euforia, sino de un contacto con algo más profundo: una comprensión súbita del valor de la vida. Maslow afirmaba que, en esos instantes, el individuo puede experimentar “una sensación de fusión con el universo, una pérdida de los límites del yo, y una percepción inmediata de la verdad y la belleza” (Maslow, 1970, p. 66).

    En sus investigaciones, observó que estas experiencias eran más frecuentes en personas que alcanzaban la autorrealización, es decir, individuos que vivían de manera creativa, auténtica y plena. Sin embargo, también aclaró que no estaban reservadas a unos pocos privilegiados: cualquier persona puede experimentarlas en diferentes contextos de la vida cotidiana.

    Un músico al perderse en la interpretación de una pieza, un alpinista al contemplar la inmensidad de una montaña, o una madre al observar a su hijo dormir, pueden vivir un instante de experiencia cumbre. Lo importante no es el escenario externo, sino la disposición interna a dejarse atravesar por la experiencia.

    Lo interesante es que, según Maslow, estas experiencias poseen un efecto transformador: “Después de una experiencia cumbre, la persona tiende a cambiar en forma duradera; se siente más fuerte, más integrado, menos temeroso de la vida y más cercano a la realidad” (Maslow, 1968, p. 105). Quien las vive no regresa igual a su vida ordinaria: algo cambia en la percepción del mundo y en la valoración de lo que realmente importa.

    Maslow también distinguió entre la experiencia cumbre y la experiencia meseta. Mientras la primera es intensa, breve y deslumbrante, la segunda es más calmada y prolongada, como un estado de serenidad o contemplación que se va cultivando con el tiempo. Ambas, sin embargo, apuntan hacia la misma dirección: la expansión de la conciencia y la vivencia de lo humano en su máxima expresión.

    Reflexión crítica

    En un mundo acelerado, orientado al consumo y al rendimiento, la experiencia cumbre puede ser vista como un recordatorio de que el ser humano no se reduce a producir ni a cumplir metas externas. La posibilidad de vivir momentos de trascendencia nos devuelve a la dimensión más auténtica de la existencia: ser, más que tener o hacer.

    Maslow no consideraba estas experiencias como escapes de la realidad, sino como momentos de integración. En ellos, la persona se reconoce plenamente en su ser, aceptando tanto su vulnerabilidad como su grandeza. Como él mismo expresó: “Las experiencias cumbre nos enseñan no sólo qué es la vida, sino lo que la vida puede y debe ser” (Maslow, 1962, p. 14).

    Lejos de alienarnos, la experiencia cumbre nos reconcilia con la vida cotidiana y puede inspirarnos a vivir con mayor compasión, creatividad y sentido.

    Conclusión

    La experiencia cumbre en Maslow no es un lujo reservado para unos cuantos, sino un potencial humano al que todos podemos acceder si cultivamos la apertura, la autenticidad y la sensibilidad hacia la belleza y el misterio de la existencia. Más que un instante fugaz de placer, representa un hito en el camino del desarrollo personal, un recordatorio de lo que somos capaces de experimentar cuando nos acercamos a nuestra propia autorrealización.

    En palabras de Maslow: “Son momentos privilegiados de máxima felicidad y realización, en los que el ser humano se siente plenamente vivo y en armonía con el universo” (Maslow, 1964, p. 60). La experiencia cumbre, entonces, no solo es un concepto psicológico, sino una invitación a mirar la vida con asombro y gratitud.


    Bibliografía

    • Maslow, A. H. (1962). Toward a Psychology of Being. New York: Van Nostrand.
    • Maslow, A. H. (1964). Religions, Values, and Peak-Experiences. Columbus: Ohio State University Press.
    • Maslow, A. H. (1968). Toward a Psychology of Being (2nd ed.). New York: Van Nostrand Reinhold.
    • Maslow, A. H. (1970). Motivation and Personality (2nd ed.). New York: Harper & Row.
  • La respiración 4×4: un ancla psicológica hacia la calma

    La respiración 4×4: un ancla psicológica hacia la calma

    La respiración es uno de los recursos más inmediatos y poderosos que posee el ser humano para regular su estado físico y emocional. Entre las técnicas más utilizadas en psicología y prácticas de autocuidado se encuentra la llamada respiración 4×4, también conocida como box breathing. Su sencillez contrasta con la profundidad de sus efectos, pues consiste únicamente en inhalar en cuatro tiempos, sostener el aire durante cuatro, exhalar en cuatro y finalmente mantener el vacío pulmonar otros cuatro segundos.

    Instrucciones para la respiración 4×4

    1. Elige un lugar tranquilo
      Busca un espacio cómodo donde puedas sentarte o recostarte. Mantén la espalda recta, los pies firmes en el suelo y relaja los hombros.
    2. Coloca tu atención en la respiración
      Cierra suavemente los ojos (si lo deseas) y lleva tu mano al abdomen para sentir el movimiento del aire al entrar y salir.
    3. Inhala en 4 tiempos
      Respira profundamente por la nariz mientras cuentas mentalmente: uno, dos, tres, cuatro. Siente cómo el aire llena tus pulmones.
    4. Mantén el aire 4 tiempos
      Retén el aire suavemente, sin forzar, mientras cuentas: uno, dos, tres, cuatro. Permite que tu cuerpo se sostenga en quietud.
    5. Exhala en 4 tiempos
      Suelta el aire lentamente por la boca, contando: uno, dos, tres, cuatro. Imagina que con cada exhalación liberas tensión.
    6. Pausa en 4 tiempos
      Mantente sin aire durante 4 segundos, repitiendo el conteo. Este momento de vacío permite que tu cuerpo se prepare para el siguiente ciclo.
    7. Repite el ciclo
      Realiza de 4 a 8 repeticiones, según lo sientas. A medida que avances, notarás mayor calma, concentración y serenidad.

    Consejo práctico: puedes imaginar un cuadrado mientras respiras. Cada lado del cuadrado representa una fase de la respiración (inhalar, sostener, exhalar, pausar). Visualizar esta figura ayuda a mantener el ritmo y la atención plena.


    Desde la psicología, esta técnica tiene un valor especial porque actúa sobre el sistema nervioso autónomo, particularmente en la activación del sistema parasimpático, que facilita la relajación y el equilibrio corporal. En momentos de ansiedad, estrés o tensión emocional, el cuerpo suele permanecer en estado de alerta, con la respiración acelerada y superficial. El ejercicio 4×4 funciona entonces como una herramienta para interrumpir el ciclo de hiperactivación fisiológica, permitiendo al individuo recuperar control sobre sí mismo.

    Más allá de la respuesta biológica, la respiración 4×4 tiene un componente psicológico simbólico. El “cuadro” o estructura de cuatro tiempos brinda una sensación de orden y seguridad interna. En un mundo caracterizado por la prisa y la incertidumbre, marcar un ritmo regular de inhalar, sostener, exhalar y pausar, se convierte en un recordatorio de que el equilibrio es posible y que el ser humano posee en sí mismo un refugio al cual volver.

    En la práctica clínica y en programas de manejo del estrés, esta técnica se integra como un recurso accesible, portable y gratuito. No requiere herramientas externas, únicamente atención y disposición. Su aplicación va desde contextos militares, donde ayuda a mantener la calma en situaciones extremas, hasta consultorios psicológicos, en los que favorece el trabajo con pacientes que experimentan ansiedad, insomnio o pensamientos intrusivos.

    En definitiva, la respiración 4×4 trasciende lo fisiológico para convertirse en un acto de autorregulación consciente. Al volver la mirada hacia la respiración, la persona también vuelve hacia sí misma: a su presente, a su cuerpo y a su capacidad de habitar el momento con serenidad. Así, un ciclo tan sencillo se transforma en un puente entre la mente agitada y el estado de calma.

    Gracias por leerme, nos vemos en consulta.
    — Carlos

  • Existencialismo sin Dios: una mirada desde Jean-Paul Sartre

    Existencialismo sin Dios: una mirada desde Jean-Paul Sartre

    El existencialismo es una de las corrientes filosóficas más influyentes del siglo XX, y Jean-Paul Sartre, en su obra El existencialismo es un humanismo (1946), ofrece una de sus exposiciones más claras y polémicas. Antes de entrar en materia, conviene subrayar que esta postura no pretende ser una verdad absoluta ni una invitación a renunciar a creencias religiosas. De hecho, el propio Sartre distingue entre existencialistas cristianos —como Gabriel Marcel— y existencialistas ateos, entre los cuales él mismo se inscribe. Ambas vertientes coinciden en un principio esencial: la existencia precede a la esencia.

    Existencia antes que esencia

    Sartre explica esta fórmula con un ejemplo sencillo: pensemos en un objeto fabricado, como un libro o un cortapapel. Antes de que exista físicamente, ya estaba concebido en la mente del artesano. Su forma, su función y su utilidad han sido definidas de antemano. En este caso, la esencia precede a la existencia, pues el concepto existe antes que el objeto.

    Por siglos, gran parte de la tradición religiosa pensó al ser humano de manera similar: como una creación de Dios que, al igual que el libro en manos del artesano, había sido concebida con un propósito específico. “El hombre es la realización de un concepto divino en el entendimiento de Dios” (Sartre, 1946). En esta mirada, el ser humano ya posee una naturaleza establecida.

    El existencialismo ateo rompe radicalmente con esta visión. Si Dios no existe, entonces al menos hay un ser cuya existencia precede a cualquier esencia: el hombre. Esto significa que el ser humano aparece primero en el mundo, sin plan ni naturaleza prefijada, y solo después, a través de sus actos y decisiones, se define.

    El hombre como proyecto

    Decir que la existencia precede a la esencia equivale a afirmar que no hay naturaleza humana universal. El ser humano no es una pieza ya diseñada, sino un proyecto abierto, un constante hacerse. Sartre lo explica de forma tajante:

    “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace” (El existencialismo es un humanismo).

    Este “nada” inicial del que parte no es vacío absoluto, sino apertura y posibilidad. El hombre es, en palabras de Sartre, un “ser-para-sí”, es decir, una conciencia que se proyecta hacia el futuro, que se construye a sí misma en el tiempo.

    De esta manera, el hombre es autor de su propia historia. No hay una esencia que lo encadene: es el resultado de lo que decide hacer de sí. En este sentido, el existencialismo puede ser visto no solo como una teoría filosófica, sino como un llamado a la responsabilidad de vivir auténticamente.

    Libertad y responsabilidad

    El principio sartreano conduce a una consecuencia inevitable: si no hay naturaleza humana preestablecida, entonces el hombre es absolutamente libre. Pero esta libertad no es ligera ni cómoda; más bien, se convierte en una carga. Sartre lo describe con una frase célebre:

    “El hombre está condenado a ser libre”.

    Condenado, porque no se ha creado a sí mismo ni puede evitar existir; libre, porque una vez en el mundo, cada elección que realice será completamente suya.

    Esa libertad radical implica también una responsabilidad radical. Al elegir, el hombre no solo se define a sí mismo, sino que también proyecta una imagen de lo humano. “En la medida en que me elijo, elijo al hombre” (Sartre, 1946). No hay excusas válidas —ni la naturaleza, ni el destino, ni Dios— para evadir lo que somos. Somos responsables de cada acto que nos constituye.

    La angustia existencial

    Esa responsabilidad provoca lo que Sartre llama angustia: la experiencia de sentir que nuestras elecciones no solo nos comprometen a nosotros, sino que comprometen a toda la humanidad. La angustia no debe confundirse con miedo paralizante, sino con la lucidez de saber que no hay nada —ni un manual divino ni una esencia fija— que nos diga cómo vivir.

    La angustia, junto con la desesperación y la náusea (conceptos que Sartre desarrolla en otras obras), no son defectos de la existencia humana, sino parte de la condición misma de vivir en libertad.

    Ser lo que hacemos

    El existencialismo sartreano es, en el fondo, una invitación a asumir la vida con responsabilidad y autenticidad. Sin un Dios que dicte lo que debemos ser, y sin una esencia predefinida que nos limite, el ser humano está lanzado al mundo con la tarea de construirse a sí mismo.

    Sartre lo resume con sencillez y radicalidad:

    “El hombre no es más que la suma de sus actos”.

    Esto significa que no somos otra cosa que lo que hacemos con nuestra existencia. Más allá de la angustia, la libertad que el existencialismo propone es también una oportunidad: la posibilidad de crear un sentido propio, de inventarnos a cada paso y de reconocernos como proyectos siempre inacabados.

    Gracias por leerme,
    — Carlos

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  • El Rey de lo Absoluto

    El Rey de lo Absoluto

    El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy sencillo y, sin embargo, majestuoso.

    —¡Ah, —exclamó el rey al divisar al principito—, aquí tenemos un súbdito!

    El principito se preguntó:

    “¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?”

    Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.

    —Aproxímate para que te vea mejor —le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por fin el rey de alguien. 

    El principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño. Se quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó.

    —La etiqueta no permite bostezar en presencia del rey —le dijo el monarca—. Te lo prohibo.

    —No he podido evitarlo —respondió el principito muy confuso—, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido…

    —Entonces —le dijo el rey— te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos son para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!

    —Me da vergüenza… ya no tengo ganas… —dijo el principito enrojeciendo.

    —¡Hum, hum! —respondió el rey—. ¡Bueno! Te ordeno tanto que bosteces como que no bosteces…

    Tartamudeaba un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada. Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables.

    Si yo ordenara —decía frecuentemente—, si yo ordenara a un general que se transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general, sino mía”.

    —¿Puedo sentarme? —preguntó tímidamente el principito.

    —Te ordeno sentarte —le respondió el rey—, recogiendo majestuosamente un faldón de su manto de armiño.

    El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.

    —Señor —le dijo—, perdóneme si le pregunto…

    —Te ordeno que me preguntes —se apresuró a decir el rey.

    —Señor… ¿sobre qué ejerce su poder?

    —Sobre todo —contestó el rey con gran ingenuidad.

    —¿Sobre todo?

    El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.

    —¿Sobre todo eso? —volvió a preguntar el principito.

    —Sobre todo eso… —respondió el rey.

    No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.

    —¿Y las estrellas le obedecen?

    —¡Naturalmente! —le dijo el rey—. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.

    Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol, sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:

    —Me gustaría ver una puesta de sol… Deme ese gusto… Ordénele al sol que se ponga…

    —Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?

    —La culpa sería de usted —le dijo el principito con firmeza.

    —Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar —continuó el rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.

    —¿Entonces mi puesta de sol? —recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había formulado.

    —Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones sean favorables.

    —¿Y cuándo será eso?

    —¡Ejem, ejem! —le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario—, ¡ejem, ejem! será hacia… hacia… será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece bien.

    El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba aburriendo ya un poco.

    —Ya no tengo nada que hacer aquí —le dijo al rey—. Me voy.

    —No partas —le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito—, no te vayas y te hago ministro.

    —¿Ministro de qué?

    —¡De… de justicia!

    —¡Pero si aquí no hay nadie a quien juzgar!

    —Eso no se sabe —le dijo el rey—. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y como no hay sitio para una carroza…

    —¡Oh! Pero yo ya he visto… —dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta—. Allá abajo no hay nadie tampoco. 

    —Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.

    —Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquí.

    —¡Ejem, ejem! Creo —dijo el rey— que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tu podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu justicia y la indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.

    —A mí no me gusta condenar a muerte a nadie —dijo el principito—. Creo que me voy a marchar.

    —No —dijo el rey.

    Pero el principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso disgustar al viejo monarca, dijo:

    —Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables…

    Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro emprendió la marcha.

    —¡Te nombro mi embajador! —se apresuró a gritar el rey. 

    Tenía un aspecto de gran autoridad.

    “Las personas mayores son muy extrañas”, se decía el principito para sí mismo durante el viaje.


    Esta escena, que parece ligera o incluso absurda, encierra un espejo para nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas veces buscamos controlar lo absoluto? Quisiéramos que las personas actúen según nuestros deseos, que las circunstancias se acomoden a nuestro favor, que la vida se doblegue a nuestro “reinado”. Pero lo cierto es que nuestro poder es limitado: no podemos detener el tiempo, no podemos decidir que el otro sienta lo que queremos, no podemos evitar que el día se convierta en noche.

    El rey de lo absoluto es una metáfora de la tentación del ego: creer que el mundo se rige por nuestra voluntad. Sin embargo, la verdadera sabiduría no está en mandar lo imposible, sino en aprender a reconocer lo que sí podemos influir. El rey, en su manera absurda, también nos deja una enseñanza: el verdadero liderazgo no está en imponer, sino en acompañar el curso natural de las cosas.

    El Principito, con su mirada inocente, parece no quedar atrapado en ese juego de poder. Nos recuerda que la grandeza no se mide por lo que “poseemos” o “controlamos”, sino por la capacidad de estar presentes, de cuidar lo esencial, de mirar con el corazón.

    Quizá todos llevamos dentro un pequeño rey de lo absoluto, que nos hace creer que todo debería ser como queremos. Pero también llevamos dentro un Principito que nos invita a soltar esa ilusión y volver a lo esencial: la ternura, el cuidado, la humildad de aceptar lo que no podemos gobernar.

    Gracias por leerme,
    — Carlos