Autor: Psic. Carlos Hernández

  • La relación terapéutica: el corazón de la psicoterapia

    La relación terapéutica: el corazón de la psicoterapia

    En el campo de la psicología y la psicoterapia, solemos pensar en técnicas, teorías y diagnósticos como los pilares del trabajo clínico. Sin embargo, existe un elemento silencioso, a veces subestimado, que sostiene y da sentido a todo el proceso: la relación entre paciente y terapeuta.
    No se trata solo de un canal para transmitir interpretaciones o aplicar estrategias, sino de un espacio vivo donde el encuentro humano se convierte en el verdadero agente de cambio (Rogers, 1961; Yalom, 2002).

    Una persona con síntomas de ansiedad, depresión o conflictos internos puede encontrar explicaciones sobre el origen de su malestar en libros, conferencias o cursos de psicología. Puede incluso reconocer con claridad los patrones que lo afectan.
    Pero esa comprensión intelectual, aunque útil, no basta para sanar. La transformación profunda ocurre cuando ese conocimiento se integra emocionalmente, y para ello se necesita un vínculo terapéutico sólido, genuino y seguro (Bordin, 1979).

    La experiencia clínica muestra que los beneficios de la terapia no se limitan a la interpretación de los contenidos inconscientes o a la explicación de conflictos internos. El propio vínculo con el terapeuta aporta:

    Un modelo de identificación: el paciente encuentra en el terapeuta un referente de escucha, congruencia y respeto.

    Una nueva experiencia relacional: distinta a la que pudo haber tenido en su historia, basada en confianza y cuidado.

    Un interés renovado por su mundo interno: lo que fomenta la introspección y la autoexploración.

    Mayor tolerancia a la frustración y la incertidumbre: desarrollando resiliencia emocional.

    Autocontención y manejo emocional: aprendiendo a sostenerse en momentos de dificultad.

    Estos elementos coinciden con los factores comunes descritos por Norcross y Lambert (2019), quienes subrayan que la alianza terapéutica es uno de los predictores más sólidos del éxito en psicoterapia.

    Para que la relación terapéutica tenga un verdadero valor sanador, necesita construirse sobre bases firmes y coherentes.

    Es un lugar donde la libertad de expresión permite hablar sin miedo a ser juzgado, donde la aceptación genuina se convierte en una actitud incondicional de respeto y comprensión, donde no hay espacio para la crítica destructiva ni para la manipulación que distorsione el vínculo, donde la constancia y la regularidad de los encuentros fortalecen la confianza y donde la fiabilidad del terapeuta se manifiesta en un interés genuino y sostenido por la vida interna del paciente.

    En este contexto, la terapia deja de ser un simple servicio para convertirse en una experiencia profundamente humana que repara, nutre y abre la posibilidad de crecer.

    Conclusión

    La relación paciente–terapeuta no es solo un medio para “aplicar” terapia: es la terapia misma. Cuando está basada en la confianza, la aceptación y el respeto mutuo, este vínculo se convierte en un motor de cambio capaz de transformar la forma en que la persona se ve, se comprende y se relaciona con el mundo.
    Reconocer su importancia no es un detalle ético, sino la esencia de una psicoterapia efectiva y profundamente humanista.

    Gracias por leerme,
    — Carlos

    Referencias

    Bordin, E. S. (1979). The generalizability of the psychoanalytic concept of the working alliance. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 16(3), 252–260. https://doi.org/10.1037/h0085885

    Gelso, C. J., & Hayes, J. A. (1998). The psychotherapy relationship: Theory, research, and practice. Wiley.

    Norcross, J. C., & Lambert, M. J. (2019). Psychotherapy relationships that work III. Psychotherapy, 56(4), 421–430. https://doi.org/10.1037/pst0000235

    Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Houghton Mifflin Harcourt.

    Safran, J. D., & Muran, J. C. (2000). Negotiating the therapeutic alliance: A relational treatment guide. Guilford Press.

    Wampold, B. E., & Imel, Z. E. (2015). The great psychotherapy debate: The evidence for what makes psychotherapy work (2nd ed.). Routledge.

    Yalom, I. D. (2002). The gift of therapy: An open letter to a new generation of therapists and their patients. HarperCollins.

  • El arte de estar con el otro sin invadir su mundo

    El arte de estar con el otro sin invadir su mundo

    En un mundo que exige respuestas rápidas, soluciones inmediatas y emociones en orden, el sufrimiento psíquico suele esconderse tras máscaras de funcionalidad. Son pocas las oportunidades reales que tenemos de pausar, mirar hacia dentro y decirnos con honestidad: “Esto que siento, también merece ser habitado”. En ese contexto, el acompañamiento psicológico se vuelve mucho más que una técnica profesional. Es, en esencia, un acto humano, ético y profundamente transformador.

    El objetivo de este ensayo es explorar qué implica acompañar psicológicamente desde una mirada humanista, por qué es tan necesario en la vida contemporánea, y cómo esta práctica se convierte en un espacio de reparación, reconocimiento y reencuentro personal.

    Acompañar no es dirigir

    la base del enfoque humanista

    La psicología humanista, representada por figuras como Carl Rogers, Rollo May o Viktor Frankl, propone una visión del ser humano que va más allá del síntoma. No nos centramos únicamente en lo que duele, sino en lo que significa ese dolor para la persona que lo vive. Acompañar, desde esta perspectiva, no es resolver por el otro, sino estar con él mientras descubre sus propias respuestas.

    Rogers hablaba de tres condiciones necesarias para que ocurra una relación terapéutica significativa: la empatía profunda, la congruencia del terapeuta y la aceptación incondicional positiva. Estos pilares no son recetas técnicas, sino actitudes existenciales. En otras palabras, no se trata de aplicar una técnica, sino de ser una presencia verdadera.

    Acompañar psicológicamente es sostener con respeto y cuidado la historia emocional del otro, incluso cuando esa historia esté rota, fragmentada o sea difícil de escuchar. No para reconstruirla a nuestra manera, sino para ofrecer el espacio donde esa persona pueda mirar sus propias piezas con honestidad, dolor y esperanza

    El espacio terapéutico como refugio emocional

    A diferencia de otros espacios sociales donde se espera que uno tenga “todo bajo control”, el espacio terapéutico está diseñado para permitir la imperfección emocional. Aquí se puede llorar sin ser débil, enojarse sin ser rechazado, dudar sin ser corregido.

    El acompañamiento psicológico crea un refugio emocional. Un lugar donde el otro no está obligado a tener respuestas, sino que puede simplemente ser. Este espacio no es mágico por sí mismo. Se construye lentamente a partir de una relación genuina, de pequeñas señales de confianza, de silencios significativos, de preguntas que no buscan apurar el proceso sino expandirlo.

    En muchas ocasiones, el acompañamiento consiste en nombrar lo innombrable, en ayudar a que una emoción largamente contenida —como la tristeza, el miedo, la vergüenza o el resentimiento— pueda ser reconocida sin culpa ni juicio. Y cuando eso ocurre, cuando la palabra se atreve a salir, muchas veces el síntoma empieza a transformarse.

    Uno de los malentendidos más comunes sobre la psicoterapia es que se acude a ella porque algo “anda mal” con nosotros. Pero el dolor emocional no es un error. Es una señal. Es una parte legítima de estar vivos, de tener vínculos, de atravesar pérdidas, crisis, decisiones difíciles.
    Buscar acompañamiento psicológico no es un acto de debilidad. Es un gesto de autocuidado. Es decirse a uno mismo: “No tengo por qué sostener todo solo”.

    El enfoque humanista no patologiza a las personas. No parte de la idea de “arreglarte”. Parte de la convicción profunda de que ya hay dentro de ti una fuerza vital que tiende a la autorealización. Lo que el terapeuta hace es crear las condiciones para que esa fuerza tenga permiso de aparecer.

    Esto implica trabajar con lo que duele, sí, pero también con lo que late: con los sueños, los valores, las pasiones, las preguntas existenciales, los duelos no resueltos, los límites no puestos, las decisiones evitadas. Acompañar es también invitar al otro a mirar lo que lo sostiene, no solo lo que lo derrumba.

    El rol del terapeuta

    Ser sin imponer

    A diferencia de muchas relaciones sociales, donde hay jerarquías o agendas ocultas, el vínculo terapéutico se basa en la horizontalidad emocional. Si bien el terapeuta tiene formación, experiencia y herramientas, no se posiciona como “el que sabe” sobre la vida del otro. Su tarea es acompañar desde el respeto, no desde el poder.

    El terapeuta que acompaña no ofrece consejos rápidos ni soluciones prefabricadas. Escucha activamente. Hace preguntas que iluminan zonas ciegas. Está presente. Se involucra emocionalmente sin invadir. Sabe que el proceso no le pertenece, pero que su presencia puede hacer toda la diferencia.

    Como dijo Irvin Yalom, “el terapeuta debe ser más un faro que una guía”. Un faro no dice por dónde ir, pero ilumina el camino. No empuja, no arrastra. Solo está ahí, encendido, constante.

    A veces, acompañar duele. No porque el terapeuta sufra lo mismo que su paciente, sino porque se conecta con lo humano de ese dolor. Porque escuchar historias de abuso, de abandono, de pérdidas devastadoras o de soledad extrema toca fibras internas.

    El buen terapeuta no se anestesia ante eso. Se conmueve, pero no se desborda. Sabe contener, pero también cuidarse. Por eso el acompañamiento psicológico también implica un trabajo ético de autocuidado profesional, de supervisión, de humildad constante.

    Acompañar también es reconocer los propios límites. Saber cuándo no puedo más, cuándo necesito pausar, cuándo otra mirada puede ser más útil. No es heroísmo. Es humanidad.

    El acompañamiento psicológico es una de las formas más profundas de presencia humana. No se trata de corregir, ni de curar, ni de cambiar al otro. Se trata de estar con él en su proceso, en su dolor, en su búsqueda. De mirar con él lo que a veces no se puede mirar solo.
    En tiempos donde todo nos empuja hacia la productividad, el rendimiento y la negación de lo que sentimos, tener un espacio para simplemente ser, para sentir sin censura, para volver a uno mismo, es un acto radical.

    Y en ese acto, el acompañamiento psicológico puede ser una lámpara encendida en medio del caos, un espejo amable o una mano extendida que no arrastra, pero tampoco suelta.

    Porque a veces, lo que más necesitamos no es que alguien nos diga qué hacer, sino que alguien nos recuerde que no estamos solos en lo que sentimos.

    Gracias por leerme,
    — Carlos

  • Data: Recopilación e Investigación sobre el Alzheimer y los procesos de la Memoria

    Data: Recopilación e Investigación sobre el Alzheimer y los procesos de la Memoria

    Las perturbaciones de la memoria se presentan en primer lugar, la invención de falsos recuerdos llena el vacío dejado por el olvido. El criterio se altera; la pérdida de la autocrítica, la desorientación, la sugestión, pero muy pronto la imposibilidad de continuar llevando una vida normal, las perturbaciones del carácter y las equivocaciones graves obligan a las demás personas que rodean al enfermo a alejarse de él. Michèle Ristich de Groote, 1967.

    Lo último que se olvida es aquello que primero se aprendió. Ese registro inicial que guardó la memoria —el conocimiento profundo, por ejemplo, de que uno se llama como se llama— o las capacidades desarrolladas en la primera infancia, como erguir la cabeza o sonreír, se resisten al avance de una enfermedad que, sin embargo, tarde o temprano lo borrará todo.

    La voluntad sucumbe al mal de Alzheimer. Desaparecen hábitos, las ganas de comer, los nombres propios de los hijos, las normas básicas de urbanidad, las mañas cotidianas. La mente es una máquina que arma su historia a punta de fragmentos y son esos fragmentos los que se borran poco a poco, hasta que el olvido consigue que no quede nada.

    Quienes se enfermen no morirán de Alzheimer sino tras diez, quince años de padecer un trastorno que degenerará sus capacidades mentales, les hará perder neuronas y un sinnúmero de códigos sociales que definen su personalidad.

    Gente que dejará de ser quien era para convertirse en otra gente. Gente sin recuerdos. Gente que morirá, de algún modo, mucho antes de morir

    Es la paradoja. Se sabe que las proteínas acumuladas sobre su corteza deterioran el cerebro, como si se tratara de ovillos de basura. Se sabe que afecta aquellas partes del cerebro que permiten pensar, memorizar y hablar

    Se sabe que primero viene el olvido —algo aparentemente simple, como no reconocer el camino de regreso a casa— y luego viene la desorientación, las alucinaciones, la muerte del yo. Pero no se sabe su causa exacta ni, menos, si hay un tratamiento que anule sus efectos

    Lo que acaba de suceder —un diálogo de hace pocos minutos— y aquello que sucedió hace mucho —el nacimiento de un hijo— son planos que se confunden, se mezclan y, al final, muchas veces se diluyen y se convierten en fragmentos inconexos. Lo peor es que un enfermo de Alzheimer no sabrá que aquello que no recuerda son los trozos de la vida transcurrida

    Auguste Deter tenía 51 años cuando se convirtió en paciente del médico Alois Alzheimer. Sufría de celos extremos, problemas de memoria, desorientación, paranoia, alteraciones de conducta y trastornos de lenguaje. El doctor Alzheimer era un profesional con cierto prestigio que trabajaba en el hospital psiquiátrico de Frankfurt en la investigación de las patologías del sistema nervioso, por lo que su interés fue inmediato cuando vio que la paciente calzaba en el perfil típico de lo que, en esos años, se conocía como demencia. Recién comenzaba un nuevo siglo: era noviembre de 1901

    como lo había definido Alzheimer, empeoró: dejó de controlar esfínteres, manifestó alucinaciones y delirios, bajó de peso y sus últimos días los pasó en cama, postrada.

    Auguste murió en 1906. La causa fue la septicemia provocada por las úlceras de decúbito, serie de dolorosas lesiones generadas por la postura en cama

    Fueron más de 250 muestras de tejido cerebral las que Alzheimer analizó en el microscopio. En su exploración, vio la corteza cerebral de Auguste llena de costras de distinto tamaño

    Vio que había neuronas muertas por culpa de unos ovillos generados en el interior del cerebro. Vio que esas neuronas muertas habían perdido su núcleo

    Eso es la enfermedad de Alzheimer: el cerebro presenta lesiones en su tejido, las llamadas placas de amiloide y ovillos fibrilares, además de una disminución importante de los neurotransmisores, especialmente de la acetilcolina, la cual permite la conexión neuronal

    Son estos procesos los que provocan la degeneración cerebral y su consecuente mal funcionamiento

    Mi cuñada también murió de Alzheimer. Es una enfermedad muy cruel, mucho más para los familiares que para el propio enfermo

    A veces la voluntad se resiste al olvido. Y las más de las veces son los otros —los hijos, las esposas, los maridos— quienes dan una pelea obstinada frente a un proceso irreversible

    Pero la vejez no es el único factor que determina el Alzheimer. No todos los viejos van a enfermar. No todos los que padecen hoy el mal son ancianos Hay estudios que indican que aumenta con los siguientes factores: 1. La genética. Si ha habido Alzheimer en la familia, el paciente tiene más probabilidades de enfermar. 2. El nivel socioeconómico. Los pobres suman más enfermos. 3. Mala educación. Puede leerse al revés: una buena educación proteje el cerebro. 4. Ausencia de factores protectores en lo social, como la actividad física y las amistades.

    A cabezas más grandes, entonces, menos probabilidades de deterioro de memoria

    al Estudio de Carga de cuidadores de personas con enfermedad de Alzheimer y otras demencias (de Slachevsky, Budinich, Núñez, Martorell y Bedwell), realizado en varias ciudades de Chile y presentado en septiembre de 2009, el promedio de edad de los cuidadores es de 58 años y son, en ocho de cada diez casos, mujeres

    Lo que sucede con el Alzheimer, a grandes rasgos y en palabras simples, es muerte neuronal y disminución de la masa del cerebro

    Esta empieza en áreas específicas, distribuyéndose luego por casi todos lados

    Esta enfermedad no termina en el enfermo. Y a veces enferma a los que están alrededor

  • Data: sobre la BIOENERGÉTICA de Alexander Lowen

    Data: sobre la BIOENERGÉTICA de Alexander Lowen

    Alexander Lowen (1910-2008) nació en Estados Unidos y se formó en derecho y medicina. Según Miller (2010) su interés por las técnicas corporales surgió de su propia vida personal. En una familia conflictiva y en medio de la gran depresión norteamericana de 1930, Lowen encontró en el ejercicio físico un medio para poder escapar de los sentimientos depresivos.

    Alexander Lowen empezó su recorrido sólo, pero cuando Wilhem Reich llegó a Estados Unidos huyendo de la persecución nazi, pronto se decidió a estudiar con él, manteniendo el contacto entre 1940 y 1952.

    De Reich asumiría cuatro importantes ideas: la terapia exclusivamente verbal es insuficiente y la defensa de la interdependencia entre cuerpo y psiquismo (defensas psíquicas y coraza muscular); la interpretación de las actividades mentales y psíquicas en términos de procesos energéticos; el importante papel de la respiración y la sexualidad en la salud; y la noción de que el ser humano está conformado por una serie de capas superpuestas, en donde la parte más externa se corresponde a la parte más dependiente de la adaptación social y la más profunda a la parte más espontánea, natural y primaria, quedando en medio un estrato de defensas musculares.

    Sin embargo, en 1956 empezó a recorrer un nuevo camino junto a John Pierrakos (1921-2001) creando juntos el Instituto de Análisis Bioenergético. Con la deriva que habían tomado los estudios de Reich en Estados Unidos, Lowen pronto quiso alejarse de él y empezó a mostrar las diferencias de su método.

    Entre las más importantes figuran: la noción de “enraizamiento” (sentir los pies en el suelo) y el trabajo de pie, como fórmula para dar seguridad a la persona en el trabajo que se estaba desarrollando; la importancia del placer en sentido amplio en vez de asociado exclusivamente a la sexualidad; la noción del movimiento de la energía desde el corazón hacia el resto del cuerpo en vez de la cabeza a los pies; el desarrollo de sus propias tipologías corporales en base a los bloqueos musculares; el énfasis en los trabajos respiratorios; y la afirmación de su capacidad de poder leer el cuerpo y saber a qué edad la persona quedó bloqueada.

    John Pierrakos se separó de Lowen en los años 70, cuando empezó a mostrar interés por investigar sobre aspectos más espirituales y sobre las fuerzas transpersonales en el trabajo corporal. Pierrakos crearía su propio método conocido como Core-Energética.

    BASES DE LA BIOENERGÉTICA

    La bioenergética se enmarca dentro de las teorías psicoanalíticas que incluyen el trabajo corporal en el tratamiento del paciente. La idea de base es intervenir a nivel corporal para ayudar a tomar conciencia de los traumas y represiones, y después, tratarlos psicoanalíticamente.

    En la bioenergética se considera que el cuerpo es como un “diario inconsciente” en el que quedan inscritos los conflictos más relevantes de la persona desde el punto de vista emocional.

    Lowen diferenció cuatro capas la persona: 1) la capa del “Ego”, la más superficial, que muestra las defensas emocionales a través de la negación, la proyección, el reproche, la desconfianza, la racionalización o la intelectualización; 2) la capa “Muscular”, en un plano intermedio, es la “armadura” que protege a la persona de los sentimientos reprimidos que no se atreve a expresar; 3) la capa “Emocional”, interna, tiene que ver con las emociones y conflictos reprimidos con relación a la cólera, el pánico, la desesperación, la tristeza y el dolor; y 4) la capa del “Corazón”, el núcleo central de la persona en lo más profundo.

    Para Alexander Lowen, el corazón representa el lugar más profundo de la persona, y nos recuerda expresiones de la vida cotidiana que dan evidencia de ello: “ir al corazón del asunto”, “me ha llegado al corazón”, “con el corazón en la mano”, etc.

    El sentimiento que ve asociado al corazón es el amor, la alegría de vivir y la franqueza.  En el trabajo bioenergético se irá “desbloqueando” capa a capa el cuerpo, para que el corazón de la persona se vuelva a expresar y pueda volver a sentir placer por la vida, espontaneidad y vitalidad.

    NOCIÓN DE ENERGÍA

    Se puede definir la bioenergética como el estudio de la personalidad humana en función de los procesos energéticos del cuerpo.

    El primero en hablar sobre los procesos bioenergéticos en el cuerpo fue Wilhem Reich. Para Reich, toda persona, al igual que el universo, está dotada de una energía universal que identificó bajo el nombre de “orgón”.

    La cantidad de energía que tiene un individuo y la forma de canalizarla configura su personalidad. La regla es que todo exceso de energía produce una tensión que debe liberarse para recobrar el equilibrio inicial. Cuando no se puede liberar el exceso de energía, la tensión que se genera en el cuerpo se expresa en forma de “coraza” o “armadura” muscular.

    MÉTODOS DE TRABAJO

    Los métodos prácticos que propone la bioenergética para poder liberar los nudos y las tensiones anclados en el cuerpo por el exceso de energía y favorecer el libre flujo de la energía en el cuerpo son principalmente: el enraizamiento, el movimiento, la respiración, la expresividad, la manipulación.

    – El Enraizamiento. Estos ejercicios tienen como objetivo “anclar”, “dar apoyo” a la persona, “asentar” al individuo sobre la tierra a través de sus pies para ofrecerle seguridad frente al proceso en el que se ha embarcado y superar su ansiedad de caer o fracasar.

    Para Lowen, nuestro contacto con la tierra habla de nuestra capacidad para estar conectados a las realidades básicas de la vida, sobre la firmeza del carácter y la sensación interna de seguridad. Tener una postura bien enraizada al suelo es el reflejo de una personalidad estable.

    Un buen enraizamiento es aquel que permite que la onda de excitación descienda por el cuerpo hasta las piernas y los pies  e invierta su dirección hacia arriba como si la tierra nos empujara para sostenernos erguidos.

    – El Movimiento. Los ejercicios enfocados a buscar posturas “estresantes” que tienen como objetivo producir un espasmo vibratorio liberador del flujo energético. El modelo de referencia es el “orgasmo”, la forma natural que tiene el cuerpo de liberar la energía.

    Reich identificó el orgasmo como una reacción involuntaria del cuerpo que se manifiesta en forma de movimientos rítmicos convulsivos. En la bioenergética se diseñaron ejercicios y posturas para ayudar a generar movimientos corporales involuntarios y espontáneos. La idea es potenciar espasmos vibratorios espontáneos, equivalentes a la función del orgasmo.

    En la bioenergética se considera que la vida emocional del individuo depende de la movilidad de su cuerpo, y que la clave de trabajo recae sobre aquellas áreas en donde la movilidad corporal está reducida, hay insensibilidad o tensiones musculares crónicas.

    – La Respiración. Los ejercicios respiratorios tienen como objetivo proporcionar una respiración plena y profunda para activar la energía y desbloquear emociones.

    La vida está íntimamente asociada a la respiración. Reich descubrió que la respiración genera un movimiento “ondulatorio” en el cuerpo que identificó como “reflejo del orgasmo”. Con la exhalación, la pelvis se mueve espontáneamente hacia adelante y con la inhalación hacia detrás, mientras que la cabeza ejecuta los movimientos contrarios. Esta ondulación la denominó la “ola respiratoria”.

    Además, la respiración se asocia con el nivel de energía de la persona y el bloqueo emocional. La falta de aire disminuye la energía del cuerpo, por lo que es importante potenciar una respiración plena y profunda; del mismo modo que las personas bloquean su respiración frente a conflictos emocionales contrayendo el abdomen.

    – La Expresividad. Los ejercicios de expresividad tienen como objetivo ayudar a la persona a conectar con su espontaneidad interior. Los canales de la auto expresión para la bioenergética son principalmente tres: la voz, los ojos y el movimiento.

    Respecto de la voz, considera que las tensiones en nuestra cara modifican nuestra voz. El ideal es reencontrar una voz viva y espontánea a través de la emisión de sonidos espontáneos e incluso el grito para liberar las cuerdas vocales. Respecto de la mirada, la bioenergética considera que expresa seis calidades energéticas: Atracción, deseo, atención, desconfianza, erotismo, odio o confusión. Cada una de ellas sirve para establecer un diagnóstico del bloqueo de la persona a trabajar.

    Para Lowen, la emoción que más bloqueos genera es el enfado, y por ello, en su método anima muchos a expresar o sacar las frustraciones y el enfado de forma controlada.

    – La Manipulación. El masaje e incluso el contacto con la mano con el paciente son también fundamentales para poder desbloquear las tensiones musculares y ayudar a salir a determinados sentimientos.

    Para la bioenergética, los traumas quedan enraizados en la musculatura corporal. De hecho, con el tiempo esas tensiones musculares se congelan para evitar sentir las verdaderas emociones que nos incomodan por dentro. Esto quiere decir, que para la bioenergética existe una “memoria emotiva corporal” que recuerda orgánicamente las decisiones biológicas adoptadas ante situaciones y experiencias especialmente decisivas de la persona desde un punto de vista emocional.

    La bioenergética va a introducir el movimiento, la postura, la expresión y la manipulación como formas de desbloquear la musculatura y favorecer en el “aquí y ahora”, el acceso a las emociones y recuerdos emocionales reprimidos del pasado para poder liberarlos. Un trabajo que no se apoya en la voluntad sin en dejar que el cuerpo se suelte, de entrega a los procesos naturales y espontáneos del cuerpo y la vida que generan los ejercicios

    CODIFICACIÓN DEL CUERPO

    Otro aspecto que también caracteriza a la bioenergética es la asociación de las diferentes zonas corporales de nuestro cuerpo con la expresión del carácter. Una especie de “codificación” de las zonas anatómicas de nuestro cuerpo con respecto a las emociones y actitudes psicológicas en la persona, que permite identificar mejor los bloqueos energéticos.

    La identificación de estas asociaciones parte tanto de una lógica funcional, de la observación del cuerpo a la hora de expresar sus emociones, como del saber popular que contienen muchas expresiones cotidianas.

    Ejemplo del primer referente es la asociación del corazón con la boca, los brazos y las manos y los genitales. El primero sirve para besar, el segundo para acariciar y abrazar y el tercero para expresar el deseo sexual. Ejemplo del segundo, es observar cómo en la ira los hombros se ponen tensos, se muestran los dientes, se fruncen las cejas, etc. Por último, ejemplos del tercer referente son expresiones del tipo: “tener la cabeza muy alta”, “pisar fuerte”, “decir las cosas con la boca chica”, “ser un bocazas”, “poner un candado a la lengua”, “taparse la cara”, “luchar con uñas y dientes”, “echarse a la espalda una responsabilidad”, “abrirse camino a codazos”, etc.

    Referencias Bibliográficas

    Gimeno-Bayón, A. (2013). Un Modelo de Integración de la Dimensión Corporal en Psicoterapia, Milenio: Lleida.

    Lowen, A. (2004). Bioenergética, (1ª Edición 1977), México: Diana.

    Lowen, A. (2000). La Espiritualidad del Cuerpo. Bioenergética, un camino para alcanzar la armonía y el estado de gracia, (1ª Edición 1990), Barcelona: Paidos.

    Miller, J.A. (2010). Alexander Lowen (1910-2008): reflections on his life, Body, Movement and Dance in Psychotherapy, 5(2), 197-202.