Categoría: Escritos de autor

  • La generación que lo sostiene todo

    La generación que lo sostiene todo

    Adultos entre 25 y 45 años emocionalmente agotados

    En el centro del caos moderno hay una generación que sostiene demasiado. Adultos entre 25 y 45 años que, sin pausa ni tregua, cargan sobre sus hombros responsabilidades laborales, familiares, económicas, emocionales y sociales. Son quienes gestionan el trabajo, las deudas, las enfermedades de los padres, el bienestar de los hijos, las rupturas, las expectativas… y todo al mismo tiempo.

    Es la generación que cuida y produce, que resuelve para todos pero se posterga a sí misma. Que intenta sanar sus propias heridas mientras evita heredar nuevas a quienes ama. La que fue educada para ser fuerte, útil y ejemplar. La que tiene que estar bien… aunque no lo esté.

    El agotamiento emocional no siempre se ve

    Este cansancio del que hablamos no es simple “flojera” ni falta de resiliencia. Es un agotamiento emocional profundo, un desgaste silencioso que muchas veces no se nota a simple vista, pero se cuela en las pequeñas cosas: la falta de energía, la irritabilidad, la dificultad para disfrutar, la desconexión con uno mismo.

    Muchos de estos adultos están funcionando en “modo supervivencia”. Siguen, pero no viven. Cumplen, pero no sienten. Sostienen, pero no se permiten soltar. Y lo más duro: lo hacen con una sonrisa para no preocupar a nadie. Se han vuelto expertos en aparentar estabilidad mientras por dentro se desmoronan en silencio.

    ¿Por qué esta generación está tan agotada?

    La respuesta es multifactorial, pero hay patrones culturales que lo explican:

    • Crecieron con discursos de fortaleza emocional mal entendida: “no llores”, “tú puedes solo”, “ser vulnerable es ser débil”.
    • Fueron formados para ser productivos antes que sensibles.
    • Viven en un mundo hiperconectado pero profundamente individualista.
    • Se les exige tener éxito, estabilidad, pareja, salud mental y gratitud todo al mismo tiempo.
    • Cargan con la expectativa de sanar los errores del pasado familiar sin tener tiempo para atender sus propias necesidades.

    Esta generación es, muchas veces, la que más ha ido a terapia. La que lee sobre salud mental, la que habla de límites, autocuidado, trauma… pero no siempre puede aplicar lo que sabe, porque el ritmo de la vida la arrastra antes de poder detenerse a sentir.

    No es debilidad, es humanidad

    El problema no es estar cansado. El problema es no tener permiso de estarlo. Vivimos en una cultura que glorifica el sacrificio silencioso. Que aplaude al que “puede con todo” pero invisibiliza lo que eso le cuesta.

    Muchas personas entre 25 y 45 años no se atreven a pedir ayuda porque sienten que deberían poder solos. Porque les enseñaron que “hay gente que está peor”. Porque tienen miedo de dejar de ser funcionales. Y sin embargo, lo que más necesitan es un espacio donde ser vulnerables, donde decir “ya no puedo” sin que eso sea interpretado como fracaso.

    Desde el acompañamiento terapéutico, es urgente crear espacios donde esta generación pueda descansar emocionalmente sin culpa. Donde se sienta mirada más allá de su rol. Donde se le permita dejar de ser fuerte un rato. Donde no tenga que sostener nada.

    Nadie puede cuidar desde el abandono propio

    Una generación que lo da todo necesita aprender a pedir algo a cambio: cuidado, validación, pausa, acompañamiento. No por egoísmo, sino por sostenibilidad emocional. Porque no se trata de dejar de cuidar a los demás, sino de no desaparecer en el intento.

    Sanar no siempre es un gran despertar. A veces es simplemente reconocer que estar cansado es razón suficiente para buscar ayuda, aunque nadie más lo entienda.

    Porque quien sostiene todo también merece ser sostenido.

  • ¿Cómo escribir mal?

    ¿Cómo escribir mal?

    Si algo he podido hacer por mi salud mental —antes de ser psicólogo y aún siéndolo— es escribir.

    Se convirtió en mi propio método de catarsis, una forma de desahogo con acceso inmediato, que sólo exige dos cosas: pensar y escribir lo que pensamos.

    Escribo este texto, informal a propósito, con una sola finalidad: exponerme ante mi audiencia, porque siento que merece esta explicación.

    Soy un mal escritor. Lo he sido toda mi vida académica.

    Y admitirlo me da paz, porque me permite romper con el perfeccionismo que tantos colegas esconden. Hay tanto que no sabemos, y tanto que presumimos saber, que el ego —esa forma de no mostrarnos débiles— se disfraza detrás de una coraza de superioridad.

    El problema con mi escritura comenzó con la auditoría de mi gran madre.

    Aunque no tiene culpa, fue consecuencia de la presión por mi “letra fea”.

    Menos mal que en este documento se entiende lo que escribo.

    Escribir mal se ha vuelto un placer: una libertad. La libertad de no sufrir por las comas, los puntos o las pausas. Estoy seguro de que mi profesora estaría avergonzada de este texto… Lo interesante es que no tengo intención alguna de cambiarlo.

    No me interesa saber si soy un buen o un pésimo escritor.

    Escribir me salvó. Me cambió la vida entera.

    A través de la escritura regulé mis emociones, hablé de mis sueños, formulé mis propias teorías, y convertí mis pensamientos en tinta sobre papel.

    Mi salud mental estuvo escrita durante años en los cuadernos, y sigue estando ahí.

    Quizá lo mejor fue no tener que mostrarle a nadie lo que escribía —ni cómo lo hacía—.

    Permitir que mi pluma fuera libre, que dijera lo que alcanzaba a traducir de mi mente al cuaderno.

    Nada de lo que escribía era una amenaza: era yo mismo pasándome a limpio, observando, analizando y tratando de darle sentido a mi desobediente redacción.

    Gracias por leerme,

    Carlos