Categoría: Psicología

  • El Mundo de Mis Emociones: Aprende a Conocerte y Gestionarte Mejor

    El Mundo de Mis Emociones: Aprende a Conocerte y Gestionarte Mejor

    Las emociones son una parte fundamental de nuestra experiencia humana.

    Nos acompañan en cada momento de la vida, influyendo en nuestras decisiones, relaciones y bienestar general. Sin embargo, no siempre sabemos identificarlas ni gestionarlas de manera saludable. En este espacio, exploraremos qué son las emociones, cómo reconocerlas y algunas técnicas sencillas para canalizarlas de manera positiva.

    ¿Qué son las emociones?

    Las emociones son respuestas psicofisiológicas a estímulos internos o externos. Surgen como una reacción natural a lo que vivimos y cumplen funciones esenciales en nuestra adaptación al entorno. Pueden dividirse en primarias (como la alegría, la tristeza, el miedo y la ira) y secundarias (como la culpa, la vergüenza o el orgullo), que son influenciadas por la cultura y la experiencia personal. Cada emoción tiene un propósito adaptativo; por ejemplo, el miedo nos alerta de peligros, mientras que la alegría nos motiva a repetir experiencias placenteras.

    Las emociones también pueden clasificarse en positivas y negativas, aunque esta categorización no implica que unas sean mejores que otras. Todas las emociones cumplen una función importante y nos brindan información sobre nuestro estado interno y nuestra relación con el entorno.

    ¿Cómo identificamos nuestras emociones?

    Reconocer nuestras emociones es clave para manejarlas adecuadamente. Algunos pasos para identificarlas incluyen:

    1. Prestar atención a las señales corporales: El ritmo cardíaco, la respiración y la tensión muscular suelen cambiar según la emoción que experimentamos.
    2. Observar nuestros pensamientos: Las emociones suelen estar ligadas a pensamientos específicos. Preguntarnos “¿Qué me hizo sentir así?” puede ayudarnos a identificarlas.
    3. Nombrarlas con precisión: No es lo mismo estar molesto que frustrado o ansioso. Poner nombre a nuestras emociones nos permite comprenderlas mejor.
    4. Diferenciar la intensidad emocional: No todas las emociones se presentan con la misma intensidad. Por ejemplo, la tristeza puede variar desde una leve melancolía hasta una profunda desesperación. Identificar esta escala nos ayuda a responder mejor a lo que sentimos.

    Técnicas sencillas para canalizar las emociones

    Aprender a manejar nuestras emociones nos ayuda a mantener el equilibrio emocional y afrontar los desafíos de la vida de manera más saludable. Algunas estrategias útiles son:

    • Respiración consciente: Técnicas como la respiración diafragmática ayudan a calmar la mente y reducir la intensidad emocional.
    • Escritura emocional: Expresar lo que sentimos en un diario o una carta (aunque no la enviemos) puede ayudarnos a procesar las emociones.
    • Movimiento físico: Hacer ejercicio, bailar o caminar libera tensiones y permite que las emociones fluyan de manera saludable.
    • Mindfulness y meditación: Estas prácticas fomentan la autoconciencia y nos ayudan a observar nuestras emociones sin dejarnos arrastrar por ellas.
    • Expresión artística: Dibujar, pintar o hacer música son formas creativas de canalizar lo que sentimos.
    • Comunicación asertiva: Expresar nuestras emociones de manera clara y respetuosa con los demás nos ayuda a fortalecer nuestras relaciones y evitar conflictos innecesarios.
    • Conectar con la naturaleza: Pasar tiempo al aire libre, escuchar el sonido del agua o caminar por un bosque puede ser una forma poderosa de regular nuestras emociones y encontrar paz interior.

    Comprender y gestionar nuestras emociones es un proceso continuo que requiere paciencia y práctica. Al conocer más sobre ellas y aplicar herramientas adecuadas, podemos construir un mundo interno más armonioso y enriquecedor. Aprender a vivir con nuestras emociones, en lugar de resistirlas, nos permite experimentar una vida más auténtica y plena.

  • Las 5 fases del duelo: la teoría de Elisabeth Kübler-Ross

    Las 5 fases del duelo: la teoría de Elisabeth Kübler-Ross

    Elisabeth Kübler Ross fue una psiquiatra y escritora suizo-estadounidense, una de las mayores expertas mundiales en la muerte, las personas moribundas y los cuidados paliativos. 

    La teoría de las 5 fases del duelo de la psiquiatra es uno de los modelos psicológicos más célebres en todo el mundo. Estos cinco estadios son la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación, y tienen lugar en mayor o menor grado siempre que sufrimos una pérdida.

    En este artículo vamos a describir qué es el duelo según la psicología y en qué consisten las etapas que conforman este proceso, tanto en el caso del duelo por muerte como cuando se produce por otras causas. Para ello nos basaremos en el modelo de Kübler-Ross y en menor medida en las aportaciones de otros teóricos.

    Duelo: Una perspectiva psicológica

    El duelo es el proceso psicológico al que nos enfrentamos tras las pérdidas y que consiste principalmente en la adaptación emocional a estas, si bien se trata de una experiencia compleja que engloba también factores fisiológicos, cognitivos y comportamentales, entre otros.

    Por definición la pérdida de cualquier objeto de apego provoca un duelo, si bien la intensidad y las características de éste pueden variar en gran medida en función del grado de vinculación emocional o de la propia naturaleza de la pérdida. Las pérdidas no siempre son físicas, sino que también pueden tener un carácter abstracto.

    Así, las personas pasamos por un proceso de duelo cuando sufrimos una ruptura de pareja, cuando abandonamos el lugar donde nacimos de forma definitiva, cuando nos despiden de nuestro puesto de trabajo o cuando perdemos la movilidad en una parte del cuerpo; no obstante, el duelo por muerte es el tipo más relevante por la potencia con que afecta a la mayor parte de personas.

    Además los modelos psicológicos que describen este proceso se han centrado fundamentalmente en el duelo que se desarrolla como consecuencia de la muerte de una persona cercana o de la cercanía del propio fallecimiento; entre estos, el más importante es el de Elisabeth Kübler-Ross.

    La psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross publicó en 1969 el libro “On death and dying” (“Sobre la muerte y el morir”), en el que describió por primera vez las 5 fases del duelo. Para ello se basó en su trabajo con pacientes terminales en la Universidad de Chicago.

    El modelo de Kübler-Ross divide el duelo en 5 etapas que tienen lugar de forma sucesiva; no obstante, años después insistió en que el proceso de duelo no es tan lineal y rígido.

    Según afirma la autora “On death and dying”, en primer lugar pasamos por la fase de negación y después por la de ira, la de negociación, la de depresión y, finalmente, la de aceptación de la pérdida.

    Para memorizarlas puede ser útil el acrónimo “NINDA”.

    1. Negación

    La negación de la pérdida es una reacción que se produce de forma muy habitual inmediatamente después de ésta, con frecuencia aparejada a un estado de shock o embotamiento emocional e incluso cognitivo.

    Aunque en ocasiones esta fase del duelo implica estrictamente la negación de la pérdida, esto no siempre sucede sino que puede manifestarse de un modo más difuso o abstracto. Así, por ejemplo, se puede dar una negación de la importancia de la pérdida o de su carácter definitivo más que del hecho de que se haya producido.

    2. Ira

    El fin de la negación va asociado a sentimientos de frustración y de impotencia con respecto a la propia capacidad de modificar las consecuencias de la pérdida. Dicha frustración conlleva a su vez la aparición de enfado y de ira, como sucede en general y no sólo durante el duelo.

    Durante la etapa de ira la persona busca atribuir la culpa de la pérdida a algún factor, como puede ser otra persona o incluso uno mismo. El proceso de duelo implica la superación de la frustración y del enfado, que se relacionan con intentos psicológicos naturales pero futiles de que nuestro estado emocional y nuestro contexto se mantengan iguales que antes de la pérdida.

    3. Negociación

    En la fase de negociación la persona guarda la esperanza de que nada cambie y de que puede influir de algún modo en la situación. Un ejemplo típico son los pacientes a quienes se les diagnostica una enfermedad terminal e intentan explorar opciones de tratamiento a pesar de saber que no existe cura posible, o quienes creen que podrán volver con su pareja si empiezan a comportarse de otra manera.

    4. Depresión

    La cuarta etapa del modelo de Kübler-Ross sobre el duelo es la de depresión. En este periodo la persona empieza a asumir de forma definitiva la realidad de la pérdida, y ello genera sentimientos de tristeza y de desesperanza junto con otros síntomas típicos de los estados depresivos, como el aislamiento social o la falta de motivación.

    El hecho de perder a un ser querido, de enfrentarse a la propia muerte y otras causas del duelo puede hacer que la vida deje de tener sentido para nosotros, al menos durante un tiempo. No obstante, la fase de aceptación supone la normalización de estos sentimientos de tristeza tan naturales.

    5. Aceptación

    Después de las fases de negación, ira, negociación y depresión llega la aceptación de la pérdida y la llegada de un estado de calma asociado a la comprensión de que la muerte y otras pérdidas son fenómenos naturales en la vida humana.

    La fase de aceptación se relaciona con la inevitabilidad de la pérdida, y por tanto del proceso de duelo. En los casos en que el duelo es debido a una enfermedad terminal suelen darse reflexiones con respecto a la propia vida, vista en retrospectiva una vez se acerca el final.

    Elisabeth Kübler-Ross en su libro On Death and Dying (1969), las etapas son: negación, ira, negociación, depresión y aceptación

    Este modelo se ha convertido en un marco central para entender cómo las personas enfrentan la muerte, no solo desde un punto de vista médico, sino también psicológico y emocional

  • La relación terapéutica: el corazón de la psicoterapia

    La relación terapéutica: el corazón de la psicoterapia

    En el campo de la psicología y la psicoterapia, solemos pensar en técnicas, teorías y diagnósticos como los pilares del trabajo clínico. Sin embargo, existe un elemento silencioso, a veces subestimado, que sostiene y da sentido a todo el proceso: la relación entre paciente y terapeuta.
    No se trata solo de un canal para transmitir interpretaciones o aplicar estrategias, sino de un espacio vivo donde el encuentro humano se convierte en el verdadero agente de cambio (Rogers, 1961; Yalom, 2002).

    Una persona con síntomas de ansiedad, depresión o conflictos internos puede encontrar explicaciones sobre el origen de su malestar en libros, conferencias o cursos de psicología. Puede incluso reconocer con claridad los patrones que lo afectan.
    Pero esa comprensión intelectual, aunque útil, no basta para sanar. La transformación profunda ocurre cuando ese conocimiento se integra emocionalmente, y para ello se necesita un vínculo terapéutico sólido, genuino y seguro (Bordin, 1979).

    La experiencia clínica muestra que los beneficios de la terapia no se limitan a la interpretación de los contenidos inconscientes o a la explicación de conflictos internos. El propio vínculo con el terapeuta aporta:

    Un modelo de identificación: el paciente encuentra en el terapeuta un referente de escucha, congruencia y respeto.

    Una nueva experiencia relacional: distinta a la que pudo haber tenido en su historia, basada en confianza y cuidado.

    Un interés renovado por su mundo interno: lo que fomenta la introspección y la autoexploración.

    Mayor tolerancia a la frustración y la incertidumbre: desarrollando resiliencia emocional.

    Autocontención y manejo emocional: aprendiendo a sostenerse en momentos de dificultad.

    Estos elementos coinciden con los factores comunes descritos por Norcross y Lambert (2019), quienes subrayan que la alianza terapéutica es uno de los predictores más sólidos del éxito en psicoterapia.

    Para que la relación terapéutica tenga un verdadero valor sanador, necesita construirse sobre bases firmes y coherentes.

    Es un lugar donde la libertad de expresión permite hablar sin miedo a ser juzgado, donde la aceptación genuina se convierte en una actitud incondicional de respeto y comprensión, donde no hay espacio para la crítica destructiva ni para la manipulación que distorsione el vínculo, donde la constancia y la regularidad de los encuentros fortalecen la confianza y donde la fiabilidad del terapeuta se manifiesta en un interés genuino y sostenido por la vida interna del paciente.

    En este contexto, la terapia deja de ser un simple servicio para convertirse en una experiencia profundamente humana que repara, nutre y abre la posibilidad de crecer.

    Conclusión

    La relación paciente–terapeuta no es solo un medio para “aplicar” terapia: es la terapia misma. Cuando está basada en la confianza, la aceptación y el respeto mutuo, este vínculo se convierte en un motor de cambio capaz de transformar la forma en que la persona se ve, se comprende y se relaciona con el mundo.
    Reconocer su importancia no es un detalle ético, sino la esencia de una psicoterapia efectiva y profundamente humanista.

    Gracias por leerme,
    — Carlos

    Referencias

    Bordin, E. S. (1979). The generalizability of the psychoanalytic concept of the working alliance. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 16(3), 252–260. https://doi.org/10.1037/h0085885

    Gelso, C. J., & Hayes, J. A. (1998). The psychotherapy relationship: Theory, research, and practice. Wiley.

    Norcross, J. C., & Lambert, M. J. (2019). Psychotherapy relationships that work III. Psychotherapy, 56(4), 421–430. https://doi.org/10.1037/pst0000235

    Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Houghton Mifflin Harcourt.

    Safran, J. D., & Muran, J. C. (2000). Negotiating the therapeutic alliance: A relational treatment guide. Guilford Press.

    Wampold, B. E., & Imel, Z. E. (2015). The great psychotherapy debate: The evidence for what makes psychotherapy work (2nd ed.). Routledge.

    Yalom, I. D. (2002). The gift of therapy: An open letter to a new generation of therapists and their patients. HarperCollins.

  • El arte de estar con el otro sin invadir su mundo

    El arte de estar con el otro sin invadir su mundo

    En un mundo que exige respuestas rápidas, soluciones inmediatas y emociones en orden, el sufrimiento psíquico suele esconderse tras máscaras de funcionalidad. Son pocas las oportunidades reales que tenemos de pausar, mirar hacia dentro y decirnos con honestidad: “Esto que siento, también merece ser habitado”. En ese contexto, el acompañamiento psicológico se vuelve mucho más que una técnica profesional. Es, en esencia, un acto humano, ético y profundamente transformador.

    El objetivo de este ensayo es explorar qué implica acompañar psicológicamente desde una mirada humanista, por qué es tan necesario en la vida contemporánea, y cómo esta práctica se convierte en un espacio de reparación, reconocimiento y reencuentro personal.

    Acompañar no es dirigir

    la base del enfoque humanista

    La psicología humanista, representada por figuras como Carl Rogers, Rollo May o Viktor Frankl, propone una visión del ser humano que va más allá del síntoma. No nos centramos únicamente en lo que duele, sino en lo que significa ese dolor para la persona que lo vive. Acompañar, desde esta perspectiva, no es resolver por el otro, sino estar con él mientras descubre sus propias respuestas.

    Rogers hablaba de tres condiciones necesarias para que ocurra una relación terapéutica significativa: la empatía profunda, la congruencia del terapeuta y la aceptación incondicional positiva. Estos pilares no son recetas técnicas, sino actitudes existenciales. En otras palabras, no se trata de aplicar una técnica, sino de ser una presencia verdadera.

    Acompañar psicológicamente es sostener con respeto y cuidado la historia emocional del otro, incluso cuando esa historia esté rota, fragmentada o sea difícil de escuchar. No para reconstruirla a nuestra manera, sino para ofrecer el espacio donde esa persona pueda mirar sus propias piezas con honestidad, dolor y esperanza

    El espacio terapéutico como refugio emocional

    A diferencia de otros espacios sociales donde se espera que uno tenga “todo bajo control”, el espacio terapéutico está diseñado para permitir la imperfección emocional. Aquí se puede llorar sin ser débil, enojarse sin ser rechazado, dudar sin ser corregido.

    El acompañamiento psicológico crea un refugio emocional. Un lugar donde el otro no está obligado a tener respuestas, sino que puede simplemente ser. Este espacio no es mágico por sí mismo. Se construye lentamente a partir de una relación genuina, de pequeñas señales de confianza, de silencios significativos, de preguntas que no buscan apurar el proceso sino expandirlo.

    En muchas ocasiones, el acompañamiento consiste en nombrar lo innombrable, en ayudar a que una emoción largamente contenida —como la tristeza, el miedo, la vergüenza o el resentimiento— pueda ser reconocida sin culpa ni juicio. Y cuando eso ocurre, cuando la palabra se atreve a salir, muchas veces el síntoma empieza a transformarse.

    Uno de los malentendidos más comunes sobre la psicoterapia es que se acude a ella porque algo “anda mal” con nosotros. Pero el dolor emocional no es un error. Es una señal. Es una parte legítima de estar vivos, de tener vínculos, de atravesar pérdidas, crisis, decisiones difíciles.
    Buscar acompañamiento psicológico no es un acto de debilidad. Es un gesto de autocuidado. Es decirse a uno mismo: “No tengo por qué sostener todo solo”.

    El enfoque humanista no patologiza a las personas. No parte de la idea de “arreglarte”. Parte de la convicción profunda de que ya hay dentro de ti una fuerza vital que tiende a la autorealización. Lo que el terapeuta hace es crear las condiciones para que esa fuerza tenga permiso de aparecer.

    Esto implica trabajar con lo que duele, sí, pero también con lo que late: con los sueños, los valores, las pasiones, las preguntas existenciales, los duelos no resueltos, los límites no puestos, las decisiones evitadas. Acompañar es también invitar al otro a mirar lo que lo sostiene, no solo lo que lo derrumba.

    El rol del terapeuta

    Ser sin imponer

    A diferencia de muchas relaciones sociales, donde hay jerarquías o agendas ocultas, el vínculo terapéutico se basa en la horizontalidad emocional. Si bien el terapeuta tiene formación, experiencia y herramientas, no se posiciona como “el que sabe” sobre la vida del otro. Su tarea es acompañar desde el respeto, no desde el poder.

    El terapeuta que acompaña no ofrece consejos rápidos ni soluciones prefabricadas. Escucha activamente. Hace preguntas que iluminan zonas ciegas. Está presente. Se involucra emocionalmente sin invadir. Sabe que el proceso no le pertenece, pero que su presencia puede hacer toda la diferencia.

    Como dijo Irvin Yalom, “el terapeuta debe ser más un faro que una guía”. Un faro no dice por dónde ir, pero ilumina el camino. No empuja, no arrastra. Solo está ahí, encendido, constante.

    A veces, acompañar duele. No porque el terapeuta sufra lo mismo que su paciente, sino porque se conecta con lo humano de ese dolor. Porque escuchar historias de abuso, de abandono, de pérdidas devastadoras o de soledad extrema toca fibras internas.

    El buen terapeuta no se anestesia ante eso. Se conmueve, pero no se desborda. Sabe contener, pero también cuidarse. Por eso el acompañamiento psicológico también implica un trabajo ético de autocuidado profesional, de supervisión, de humildad constante.

    Acompañar también es reconocer los propios límites. Saber cuándo no puedo más, cuándo necesito pausar, cuándo otra mirada puede ser más útil. No es heroísmo. Es humanidad.

    El acompañamiento psicológico es una de las formas más profundas de presencia humana. No se trata de corregir, ni de curar, ni de cambiar al otro. Se trata de estar con él en su proceso, en su dolor, en su búsqueda. De mirar con él lo que a veces no se puede mirar solo.
    En tiempos donde todo nos empuja hacia la productividad, el rendimiento y la negación de lo que sentimos, tener un espacio para simplemente ser, para sentir sin censura, para volver a uno mismo, es un acto radical.

    Y en ese acto, el acompañamiento psicológico puede ser una lámpara encendida en medio del caos, un espejo amable o una mano extendida que no arrastra, pero tampoco suelta.

    Porque a veces, lo que más necesitamos no es que alguien nos diga qué hacer, sino que alguien nos recuerde que no estamos solos en lo que sentimos.

    Gracias por leerme,
    — Carlos