Data: Recopilación e Investigación sobre el Alzheimer y los procesos de la Memoria

Las perturbaciones de la memoria se presentan en primer lugar, la invención de falsos recuerdos llena el vacío dejado por el olvido. El criterio se altera; la pérdida de la autocrítica, la desorientación, la sugestión, pero muy pronto la imposibilidad de continuar llevando una vida normal, las perturbaciones del carácter y las equivocaciones graves obligan a las demás personas que rodean al enfermo a alejarse de él. Michèle Ristich de Groote, 1967.

Lo último que se olvida es aquello que primero se aprendió. Ese registro inicial que guardó la memoria —el conocimiento profundo, por ejemplo, de que uno se llama como se llama— o las capacidades desarrolladas en la primera infancia, como erguir la cabeza o sonreír, se resisten al avance de una enfermedad que, sin embargo, tarde o temprano lo borrará todo.

La voluntad sucumbe al mal de Alzheimer. Desaparecen hábitos, las ganas de comer, los nombres propios de los hijos, las normas básicas de urbanidad, las mañas cotidianas. La mente es una máquina que arma su historia a punta de fragmentos y son esos fragmentos los que se borran poco a poco, hasta que el olvido consigue que no quede nada.

Quienes se enfermen no morirán de Alzheimer sino tras diez, quince años de padecer un trastorno que degenerará sus capacidades mentales, les hará perder neuronas y un sinnúmero de códigos sociales que definen su personalidad.

Gente que dejará de ser quien era para convertirse en otra gente. Gente sin recuerdos. Gente que morirá, de algún modo, mucho antes de morir

Es la paradoja. Se sabe que las proteínas acumuladas sobre su corteza deterioran el cerebro, como si se tratara de ovillos de basura. Se sabe que afecta aquellas partes del cerebro que permiten pensar, memorizar y hablar

Se sabe que primero viene el olvido —algo aparentemente simple, como no reconocer el camino de regreso a casa— y luego viene la desorientación, las alucinaciones, la muerte del yo. Pero no se sabe su causa exacta ni, menos, si hay un tratamiento que anule sus efectos

Lo que acaba de suceder —un diálogo de hace pocos minutos— y aquello que sucedió hace mucho —el nacimiento de un hijo— son planos que se confunden, se mezclan y, al final, muchas veces se diluyen y se convierten en fragmentos inconexos. Lo peor es que un enfermo de Alzheimer no sabrá que aquello que no recuerda son los trozos de la vida transcurrida

Auguste Deter tenía 51 años cuando se convirtió en paciente del médico Alois Alzheimer. Sufría de celos extremos, problemas de memoria, desorientación, paranoia, alteraciones de conducta y trastornos de lenguaje. El doctor Alzheimer era un profesional con cierto prestigio que trabajaba en el hospital psiquiátrico de Frankfurt en la investigación de las patologías del sistema nervioso, por lo que su interés fue inmediato cuando vio que la paciente calzaba en el perfil típico de lo que, en esos años, se conocía como demencia. Recién comenzaba un nuevo siglo: era noviembre de 1901

como lo había definido Alzheimer, empeoró: dejó de controlar esfínteres, manifestó alucinaciones y delirios, bajó de peso y sus últimos días los pasó en cama, postrada.

Auguste murió en 1906. La causa fue la septicemia provocada por las úlceras de decúbito, serie de dolorosas lesiones generadas por la postura en cama

Fueron más de 250 muestras de tejido cerebral las que Alzheimer analizó en el microscopio. En su exploración, vio la corteza cerebral de Auguste llena de costras de distinto tamaño

Vio que había neuronas muertas por culpa de unos ovillos generados en el interior del cerebro. Vio que esas neuronas muertas habían perdido su núcleo

Eso es la enfermedad de Alzheimer: el cerebro presenta lesiones en su tejido, las llamadas placas de amiloide y ovillos fibrilares, además de una disminución importante de los neurotransmisores, especialmente de la acetilcolina, la cual permite la conexión neuronal

Son estos procesos los que provocan la degeneración cerebral y su consecuente mal funcionamiento

Mi cuñada también murió de Alzheimer. Es una enfermedad muy cruel, mucho más para los familiares que para el propio enfermo

A veces la voluntad se resiste al olvido. Y las más de las veces son los otros —los hijos, las esposas, los maridos— quienes dan una pelea obstinada frente a un proceso irreversible

Pero la vejez no es el único factor que determina el Alzheimer. No todos los viejos van a enfermar. No todos los que padecen hoy el mal son ancianos Hay estudios que indican que aumenta con los siguientes factores: 1. La genética. Si ha habido Alzheimer en la familia, el paciente tiene más probabilidades de enfermar. 2. El nivel socioeconómico. Los pobres suman más enfermos. 3. Mala educación. Puede leerse al revés: una buena educación proteje el cerebro. 4. Ausencia de factores protectores en lo social, como la actividad física y las amistades.

A cabezas más grandes, entonces, menos probabilidades de deterioro de memoria

al Estudio de Carga de cuidadores de personas con enfermedad de Alzheimer y otras demencias (de Slachevsky, Budinich, Núñez, Martorell y Bedwell), realizado en varias ciudades de Chile y presentado en septiembre de 2009, el promedio de edad de los cuidadores es de 58 años y son, en ocho de cada diez casos, mujeres

Lo que sucede con el Alzheimer, a grandes rasgos y en palabras simples, es muerte neuronal y disminución de la masa del cerebro

Esta empieza en áreas específicas, distribuyéndose luego por casi todos lados

Esta enfermedad no termina en el enfermo. Y a veces enferma a los que están alrededor